Opinión

Al presidente le sobran dedos para contar a sus intelectuales (ay dolor)

Sabina Berman

¿Por qué mantener a distancia a tantos intelectuales con esperanzas afines, aún si no idénticas a las suyas?

Hay algo triste --y gracioso-- en la escena del presidente contando en la Mañanera, con los dedos de las manos, a los intelectuales que lo apoyan. Es la segunda vez que lo hace en público y algunos que hace meses nombró, ya cayeron de sus dedos.

Los primeros que nombró en esta ocasión fueron a Lorenzo Meyer y a Fabrizio Mejía. Dos dedos. Luego nombró a tres actores. Damián Alcázar y mis queridos colegas del teatro, Bruno y Demián Bichir. ¿Son los actores intelectuales o artistas? Yo diría que lo segundo. Pero en fin, cinco dedos.

Luego nombró a tres moneros de primer nivel. Sí, la caricatura es una editorial pictórica, de seguro son intelectuales. Ocho dedos. Luego nombró a Elena Poniatowska, de seguro una intelectual. Nueve dedos.

Y por fin el presidente se quedó callado, como buscando a un décimo intelectual para su décimo dedo. La suya fue una pausa larga como el desierto de Sonora. En esa pausa zumbó el viento de la nostalgia para algunos y para otros el viento de la esperanza: cientos de intelectuales de Izquierda esperaron sin respirar que al llegar el viento a los filos de las montañas arboladas, su nombre se apalabrara en las lenguas verdes de las hojas de los árboles: querían ocupar el último dedo del presidente.

Pues nones.

El presidente nombró finalmente a dos intelectuales lamentablemente ya muertos, el excelente Monsiváis, maestro mío y de tantos otros, y al excelente novelista Fernando del Paso.

La dificultad del presidente para ocupar los diez dedos de sus manos con intelectuales vivos y que lo apoyan, viene de un desacuerdo entre los posibles candidatos y el presidente. El presidente dice “que me apoyen”, mientras los intelectuales de Izquierda conciben su trabajo no como una labor de apoyo a él o a nadie.

La tradición intelectual de la Izquierda, hablo de la vertiente honesta, es la de observar al Poder con ojos críticos, sea el Poder de Derecha o de Izquierda. Como una vez hace una década me confió un preocupado Carlos Monsiváis, la eventual llegada de López Obrador a la presidencia sería una encrucijada de fuego para esa tradición. Hoy, pasados tres años de su gobierno, honra a los intelectuales de Izquierda del país que buena parte ha cumplido con esa tradición, antes de renunciar a ella para volverse propagandistas incondicionales de la 4T.

Pongamos por caso a Zepeda Paterson y Julio Astillero, ensayistas, amén de periodistas, o Carmen Aristegui, sobre todo periodista. En su faceta de editorialistas, los primeros dos han celebrado los triunfos de la 4T y deplorado lo que cada uno considera sus desvíos o sus francos errores. Carmen, por su parte, en los espacios editoriales de su noticiario, da libertad absoluta a voces de la Izquierda, pero también a voces contrarias a la 4T, como corresponde a un espacio de conversación pública y plural.

Y si uno asume ya a los periodistas como intelectuales, la lista de intelectuales de Izquierda se dobla y se cuadriplica repentinamente, además de que se enriquece con decenas de nuevas voces jóvenes, densas, informadas, y sí, críticas.

Hay que agregar a este recuento de intelectuales de Izquierda a los académicos que desde sus despachos documentan, analizan y comentan el avance y los retrocesos de este experimento que es la 4T. Hay que agregar a los militantes de Morena que son intelectuales. Y hay que agregar también a los intelectuales que son ahora funcionarios y por ello han dejado de publicar sus reflexiones o sus investigaciones.

Me imagino con alegría al presidente en una próxima Mañanera cambiando su definición de lo que debería esperarse de un intelectual de Izquierda y a continuación pidiendo una silla para sentarse, quitarse los zapatos y los calcetines y así poder usar también los dedos de los pies para contarlos.

Lo dicho: le faltarían dedos, son mucho más de veinte, de cincuenta, son mucho más de cien.

¿Por qué el presidente prefiere sentirse solo en Palacio Nacional? ¿Por qué, de hecho, ha elegido mantener a distancia a tantos intelectuales con esperanzas afines, aún si no idénticas de las suyas? ¿De dónde su romántico afán de soñarse como un Francisco Madero en sus últimos días, abandonado por todos, aún por su propio hermano Gustavo, caminando solitario los anchos pasillos de pisos ajedrezados y lámparas de cristal cortado del palacio de gobierno?

La razón anida muy al fondo del corazón del presidente; por mi parte yo –que no soy una intelectual, soy una contadora de cuentos, a menudo calcados de la realidad-- encuentro el resultado, como lo escribí antes ya, triste –y un poco gracioso.

Comentarios