No entiendo a los obradoristas que defienden al gobierno de Irán. Un movimiento político como el suyo —que durante años fue oposición recalcitrante, que tomó las calles, que desconoció e insultó presidentes— no existiría en los países a los que les encanta respaldar y justificar: Cuba, Venezuela, Rusia, China, Corea del Norte, ahora Irán.
En Irán, la oposición no llega al poder. Llega a la cárcel o a la tumba. Lo acabamos de atestiguar. Hace dos meses, las protestas opositoras fueron recibidas a balazo limpio por parte de las fuerzas del régimen: hubo cuando menos 6 mil muertos y 50 mil encarcelados. No lo podemos saber con certeza porque el gobierno tumbó el internet en todo el país.
¿Qué hubiera hecho el ayatola Jameneí con un López Obrador que se declarara “ayatola legítimo”? ¿Cómo hubiera recibido la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán a los obradoristas que pretendieran bloquear mes y medio la avenida más importante de Teherán denunciando un fraude electoral?
Los morenistas que hoy están disfrazados de ayatolas piden tolerancia a la dictadura cuando están en el gobierno y exigen las bondades de la democracia cuando están en la oposición. Irán de día, Europa de noche. Este zigzagueo ideológico los exhibe contradictorios, convenencieros y profundamente autoritarios.
Fue mucho más honesto el primer ministro de Canadá, Mark Carney. Expresó que el régimen iraní es una dictadura que se ha convertido en la fuente de la inestabilidad en Medio Oriente.
No se trata de extender un cheque en blanco a Estados Unidos, para nada. Ni de aplaudir la guerra y sus atrocidades, como el bombardeo en la escuela de niñas de Irán. Pero un mínimo atisbo de honestidad intelectual requeriría, si va a condenar la intervención militar que abatió al ayatola Jameneí, por lo menos referir qué tipo de atrocidades comete ese régimen y condenar la sistemática masacre de opositores y la persecución contra las mujeres.
Pero no. Porque son convenencieros. Porque se achican ante los dictadores, pero se crecen ante los demócratas. Extraen las ventajas de la democracia sin valorarlas. Y eso, lo que ha logrado, es que el llamado “modelo occidental” esté dando pasos para atrás. Ganan los extremos y la intolerancia. Se pierden el diálogo y el respeto por quien piensa diferente. Y ejercer las libertades sobre las que se funda eso que conocemos como Occidente, es cada vez más costoso. Pasa en Estados Unidos, pasa en México y contagia también a Europa.
Pero los ayatolas del Bienestar se suman al coro de “¡muerte a Occidente!”, mientras disfrutan de los beneficios que ellos mismos están adelgazando. No se trata de idealizar Occidente. Se trata de reconocer que, con todas sus deficiencias, Occidente sigue ofreciendo algo que no existe en regímenes autoritarios: la posibilidad real de disentir y cambiar. Quizá se les antoja quitarnos ese derecho que con tantas ventajas ejercieron por años.
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