La esperanza que transmiten las sociedades capaces de expresar ideas, críticas e inquietudes es, a futuro, una invitación para todos quienes habitamos la casa común. Formar sociedades pensantes exige un acompañamiento sostenido y roles diversos. Como comunidad, comprometernos desde la niñez a recorrer juntos el camino del pensamiento y sostener ese esfuerzo durante la juventud será el fruto que se cosecha en la vida adulta y la sonrisa imborrable que acompañe la vejez. En pocas palabras, será el verdadero legado de nuestra presencia en este plano terrenal.
Como profesor, quisiera plantear un argumento desde la experiencia educativa. Un estudiante que se interesa por pensar —incluso antes de saber sobre ciencias o disciplinas— es quien, desde su curiosidad, advierte la magnitud del mundo: se hace preguntas, encarna o descubre dudas y entiende que a veces las respuestas no llegan, no satisfacen o se vuelven silencio.
Aunque la duda puede ser un rasgo típico de la juventud, lo trascendental es no quedarse ahí y continuar la ruta de aprender a pensar. Entonces, ¿por qué solo algunos continúan? ¿Por qué no buscar motivación para asumir su papel como base de una sociedad cada vez más pensante, cada vez más crítica?
Sostengo que la decisión de perseverar no depende solo de “querer”. Hay que poner en perspectiva su contexto. Así que intentar formular diferentes preguntas y buscar nuevas respuestas también implica colectividad y participación de otros actores: personas que los acompañen, textos como herramientas e instituciones gubernamentales en materia educativa como mecanismos de impulso, por mencionar lo elemental. La individualidad, en este camino, podría volverse estancamiento. Incluso si imagináramos a una persona pensante formada por sí misma, esa excepción sería limitada cuando el objetivo fundamental es lograr sociedades pensantes.
Aunque pensar no es exclusivo de alguna disciplina, partir de la filosofía como herramienta primaria provee al pensador una buena base para acercarse a los intereses que defina conforme es más consciente. Dicho esto, y retomando el párrafo anterior, si la participación de alguno de estos actores no es la adecuada, el proceso de los pensadores en potencia puede verse afectado de diversas maneras.
En primer lugar, si quienes acompañan no están en condiciones de hacerlo —por falta de tiempo, preparación o interés— la apatía puede aparecer como efecto inmediato y frenar el desarrollo intelectual. En segundo lugar, no tener al alcance libros o textos que los respalden y les permitan documentarse para posteriormente generar su propio criterio, dificultará la consolidación de su proceso como agente crítico en un mundo con diversidad de ideas. Por último, que el impulso de las instituciones gubernamentales educativas tenga una agenda claramente política mediante su comunicación institucional —cumpliendo los estándares de las redes sociales o los indicadores educativos por encima de las aulas— acentúa el olvido hacia las comunidades remotas y reproduce una doxa sobre lo que se entiende por “educación de calidad”.
Si bien mi argumento no pretende ser una fórmula, sí busca ser un móvil reflexivo: una invitación a comprometernos como sociedad por un presente que aporte las condiciones necesarias para sostener la continuidad de quienes conformarán el futuro.

