Las masculinidades contemporáneas parecen construirse desde una sensación permanente de insuficiencia, Rita Segato nos ayuda a pensar en la masculinidad como algo que se afirma a través de mandatos, no está dada y por eso podemos perderla. A los hombres nos enseñan desde temprana edad que debemos cumplir ciertos roles para ser aceptados: proveer, dominar, resistir, imponernos, no mostrarnos vulnerables y, sobre todo, alejarnos de cualquier rasgo asociado con lo femenino. El problema es que esos ideales no sólo son inalcanzables, sino profundamente violentos, porque producen la sensación constante de ser insuficientes.
Hace poco comencé a ver la serie Hombre a medias, que retrata con crudeza esta fractura. El protagonista no logra aceptar su homosexualidad porque ha interiorizado la vergüenza, rechaza lo que considera incompatible con la masculinidad. La feminidad aparece como algo degradante, un rasgo de debilidad y una amenaza a la identidad masculina. La violencia del entorno afecta la manera en que el sujeto aprende a mirarse a sí mismo. Escuela, trabajo, familia y círculos sociales refuerzan continuamente esos mandatos hasta normalizarlos y volverlos deseables. Pero el problema con el deseo es que “nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir” decía Marcel Proust.
En este sentido, la tragedia no alcanza únicamente al hombre que no encaja en esos modelos. También el hombre heterosexual que parece cumplirlos vive atrapado en una lógica de frustración permanente. Incluso quien ha construido una identidad basada en la virilidad, el vigor o la dominación termina descubriendo que nunca es suficiente. Basta perder el empleo, no ganar lo esperado, no poder tener hijos por impotencia o esterilidad, basta con incumplir alguno de los roles asociados con la masculinidad para sentirse disminuido, emasculado o devaluado.
El problema de fondo es que estas estructuras producen personas incapaces de reconocerse valiosos más allá de los roles que desempeñan y justamente ahí, florece un mercado dispuesto a explotar el dolor y la desesperación. En medio del auge del autocuidado y la salud mental, de la carencia de herramientas emocionales para afrontar la fragilidad, propia y de otros, proliferan charlatanes de toda clase: “mentores” de masculinidad, pseudoterapeutas, gurús de la seducción, vendedores de cursos de “deconstrucción” y terapeutas de conversión para “curar” la homosexualidad. La machosfera es un nicho de mercado que se aprovecha de la necesidad, la soledad y la neurosis que produce un mundo roto que rompe a quienes lo habitan.
Todos ellos encuentran un público que monetiza la inseguridad de personas que luchan por sentirse cómodas en su propia piel y ser dignos de amor. Aprovechan la angustia de quienes buscan aceptación y pertenencia, prometiendo soluciones rápidas para problemas profundamente humanos y complejos. No se trata, desde luego, de desacreditar la terapia psicológica ni el acompañamiento profesional; al contrario, son herramientas valiosas y necesarias cuando se realizan con especialistas capacitados. Lo preocupante es la facilidad con la que el sufrimiento se convierte en mercancía, como muestran casos mediáticos recientes de personajes que construyen una autoridad ficticia aprovechándose de la vulnerabilidad ajena.
Esta normalización de la violencia y del miedo no ocurre únicamente en el plano individual, atraviesa la manera en que organizamos la vida pública. Hace unos días se difundió ampliamente el convenio firmado entre el gobierno de la Ciudad de México y Oxxo para convertir sus tiendas en refugios para mujeres en situación de riesgo. La propuesta parece razonable e incluso útil en un contexto de inseguridad creciente. Sin embargo, la pregunta de fondo permanece intacta: ¿por qué seguimos pensando la violencia únicamente desde estrategias remediales?
Que existan espacios para resguardarse puede ayudar en una emergencia, pero no transforma las condiciones estructurales que producen la violencia. La lógica termina siendo profundamente preocupante: sabemos que las mujeres, adolescentes y niñas están en riesgo y, en vez de garantizar condiciones seguras para transitar libremente, sólo habilitamos lugares donde puedan esconderse.
Nos habituamos peligrosamente a convivir con la violencia, la intención parece que no es erradicarla sino administrarla y en esa administración del miedo se fortalecen dinámicas que desplazan al Estado de bienestar para transitar a un Estado de seguridad puramente física. Giorgio Agamben advertía cómo los estados de excepción son formas permanentes de gobierno: la crisis constante sirve para justificar medidas de control cada vez más profundas sobre la vida cotidiana.
La inseguridad, el miedo y la sensación permanente de amenaza terminan legitimando mecanismos que restringen nuestras posibilidades de movernos libremente, organizarnos colectivamente y construir vínculos sociales sólidos. Mientras tanto, problemas estructurales como la crisis de desapariciones, la explotación de recursos naturales o el deterioro del tejido comunitario permanecen sin resolverse porque son el resultado del sistema operando de manera efectiva.
Uno de los nodos que conecta todas estas formas de violencia: las masculinas, las institucionales y las sociales, es precisamente la incapacidad de imaginar otras formas de relacionarnos; seguimos educando, gobernando y construyendo identidades desde el miedo. Y mientras no cuestionemos y cambiemos las estructuras que convierten la inseguridad, la frustración, la precariedad y la vulnerabilidad en herramientas de control, para algunos hombres la mujer se convertirá en el enemigo y no el sistema que le oprime. Seguiremos produciendo sujetos rotos que buscan desesperadamente refugio, validación o pertenencia en cualquier lugar que prometa dárselos.