La sensación de vulnerabilidad que los acontecimientos del domingo 22 de febrero por el operativo en que el ejército terminó con la vida de “El Mencho” dejó una huella que va calando en nuestro imaginario de posibilidades y perspectivas de futuro, no sólo por los hechos violentos que ocuparon titulares y conversaciones, sino por la sensación de fragilidad que se instaló en el ambiente, mensajes reenviados sin descanso, audios alarmistas, videos fuera de contexto, versiones contradictorias y fake news. En cuestión de horas, el país parecía multiplicarse en pantallas que anunciaban incendios, bloqueos y amenazas. Más allá de la veracidad puntual de cada afirmación, lo que se volvió innegable fue el clima emocional de incertidumbre, rabia y confusión con plazas vacías, comercios cerrando y personas regresando a casa por el miedo.
En momentos así, no sólo se disputa el control del territorio; se disputa el sentido. La conmoción colectiva tiene un efecto paralizante. Como ha señalado Naomi Klein en The Shock Doctrine, el shock reduce nuestra capacidad crítica y facilita que aceptemos narrativas sin examinarlas. El desconcierto no es un efecto secundario de la crisis, sino parte constitutiva de ella. Cuando el miedo domina, la reflexión se repliega y el rumor avanza con la velocidad de un clic. Este es el sustrato que posibilita el paso de un Estado de bienestar, a uno de pura seguridad física.
Por eso, frente al sobresalto, la primera tarea es resistir el miedo. Resistir no significa negar la gravedad de la violencia ni minimizar el dolor de quienes la padecen, más bien es evitar por todos los medios que el temor nos arrebate la lucidez, hacer una pausa antes de compartir una noticia, preguntarnos por su fuente, distinguir entre hechos confirmados e interpretaciones apresuradas, para reconocer que la sobreabundancia de información puede ser tan desorientadora como el silencio y mucho más perniciosa si atiza el temor paralizante que nos lleva a actuar de forma organizada para exigir justicia y paz.
El mejor antídoto contra el shock es la información decía Klein, pero debe ser de calidad, verificada, contrastada, contextualizada y discutida. Informarse no es acumular datos, sino comprender procesos. Es preguntarse qué se sabe con certeza, qué está en investigación y qué pertenece al terreno de la especulación. Es también aceptar que, en ocasiones, la respuesta honesta es “aún no lo sabemos”. La prisa por cerrar una historia produce más daño que la incertidumbre misma.
En este contexto, la impunidad, real y percibida, agrava el desconcierto. Cuando diversos casos públicos quedan envueltos en la opacidad y las responsabilidades parecen diluirse, la confianza social se erosiona. Los llamados “Archivos Epstein”, vinculados al caso de Jeffrey Epstein, se han convertido para muchos en símbolo de esa sensación de verdad incompleta y justicia insuficiente, en la que el dinero, las conexiones y poder demuestran tener más peso que las evidencias.
La impunidad alimenta la sospecha, polariza la conversación pública y abre espacio a teorías que prometen explicaciones totales allí donde la información es fragmentada y por eso, defender la transparencia institucional y el derecho ciudadano a la información es una condición para la convivencia armónica y la democracia. Sin verdad verificable, el miedo encuentra terreno fértil.
Frente a esta realidad, la esperanza no puede ser ingenua, ni ser un optimismo automático que ignora la violencia, sino que debe cultivarse para no sucumbir a la indiferencia. Se trata de sostener la exigencia de justicia aun cuando los resultados parezcan lejanos o improbables, fortaleciendo espacios de conversación donde el desacuerdo no se convierta en odio, sino en búsqueda compartida de comprensión.
Resistir el miedo implica reconocer nuestras emociones. ¿Esta noticia me informa o me altera? ¿Estoy reaccionando desde la indignación o desde el análisis? Responder estas preguntas nos ayuda a tomar consciencia y hacernos responsables de cómo nos afecta la información y lo que hacemos con ella, la ciudadanía crítica requiere conciencia de nuestras reacciones.
Además, la memoria es una forma de resistencia, recordar los casos, exigir seguimiento, acompañar a las víctimas, sin permitir que la saturación informativa entierre las preguntas legítimas, ni los algoritmos distraiga con los trending topics. Una sociedad que olvida es vulnerable y como dijo George Santayana “un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”; por eso, es imprescindible trabajar y recuperar la memora que aliente nuestras demandas colectivas, pues construye límites frente a la repetición y la injusticia.
En tiempos convulsos, la tentación es ir del pánico a la apatía, pero la meta debe ser la lucidez que lleve a la solidaridad; superar la parálisis para organizar la acción colectiva que promueva el cuidado. Frente a la violencia que fragmenta y el miedo que nos lleva a aceptar los estados de excepción prolongados, la información rigurosa abre a la esperanza y a la posibilidad de transformar la realidad; ante la impunidad que normaliza la desconfianza, la perseverante búsqueda de la verdad puede restaurar vínculos. No podemos controlar los acontecimientos que nos sacuden, pero sí podemos tomar mejores decisiones para responder a ellos con humanidad y empatía, para que la violencia no nos arrebate la dignidad ni la capacidad de construir futuros que merezca la pena habitar.