Cada 29 de junio se celebra el Día Mundial del Diseño Industrial. Puede parecer una fecha más del calendario, pero guarda un mensaje potente que vale la pena detenerse a observar. Esta conmemoración fue instaurada por la Organización Mundial del Diseño (WDO), antes conocida como Icsid, cuando allá por 1957 empezó a ponerle nombre y cuerpo a una profesión que, aunque a veces pasa desapercibida, moldea buena parte de nuestra vida cotidiana.
Este año, la WDO propuso como lema "El futuro que queremos", una invitación directa a pensar cómo el diseño industrial puede ayudarnos a construir un mundo mejor. Sí, así de ambicioso. Porque lo cierto es que diseñar no es sólo hacer que las cosas se vean bonitas o funcionen bien: es, sobre todo, imaginar posibilidades y hacerlas realidad siempre pensando primero en las personas.
Durante décadas, el diseño industrial fue el brazo derecho de la producción en masa: hacer más, hacerlo más rápido y más barato. Todo al servicio de la industria y el consumo. Pero algo cambió. Y no fue un cambio menor: fue un giro de 180 grados. Hoy, hablar de diseño es hablar de sostenibilidad, de impacto social, de regeneración ambiental y consumo consciente. El objetivo ya no es sólo producir cosas, sino producir mejores cosas, y sobre todo, pensar si esas cosas hacen falta, a quién benefician y cómo afectan al planeta.
Ese cambio de paradigma es real y, aunque a veces desconcierta, también ilusiona. Porque esta profesión, lejos de permanecer bajo el peso de un solo Nombre, se ha sabido adaptar —y reinventar— con cada época. El diseño ya no se queda en el mundo tangible de los objetos: entró de lleno en los servicios, experiencias, procesos e incluso en tecnologías emergentes. Hablamos de apps, inteligencia artificial, impresión 3D, industria 4.0… el menú es largo.
Entonces, ¿estamos ante una redefinición del diseño industrial? Yo diría que sí, aunque, siendo sinceros, esa ha sido siempre su esencia: moverse, mutar, adaptarse. Como las especies que sobreviven no por ser las más fuertes, sino las más flexibles. El diseño sobrevive —y florece— porque entiende algo esencial: que su razón de ser está en mejorar la vida de las personas. Y eso incluye a todas, no solo a las que pueden pagar el último gadget de moda.
Así que hoy, celebramos el diseño industrial como lo que realmente es: una herramienta viva, crítica y transformadora. Y si sirve para crear un mundo más justo, más bello y más sostenible, entonces bienvenido sea ese futuro que tanto queremos.