Catedráticos UDLAP

El lenguaje somos nosotros

Escrito por: Dra. Miriam Yvonn Márquez Barragán, Profesora de tiempo completo del departamento de Letras y Humanidades

07/08/2026 |14:02
El Universal Puebla
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Hace unos meses una joven se presentó tímidamente “Me llamo Paulina Pena”, me dijo. “¿Pena?”, pregunté, pues se me hizo curioso que alguien cargara sobre su apellido un significado de pesadumbre. “Bueno, en realidad es Peña, pero como siempre tengo problemas con la eñe mejor digo Pena y más rápido”. Aquella explicación me pareció más lógica. Era más fácil imaginar un apellido que evocara la solidez de una roca que uno condenado a arrastrar la tristeza de su significado. No tardé en hablarle de todo lo que puede esconder un nombre mal escrito: trámites interminables, documentos que no coinciden y visitas a esas desangeladas oficinas gubernamentales donde un simple signo ortográfico puede convertirse en un peregrinaje administrativo. Es entrar en lo kafkiano.

No es la primera vez que veo a alguien renunciar a un acento en su nombre o en su apellido. Cada vez encuentro más Jose en lugar de José, Lucias que ya no son Lucía, por no hablar de los Garcias que dejaron de ser García o los Rodriguez que perdieron el Rodríguez. Son nombres que caminan con el fantasma de su pronunciación, despojados de la marca gráfica que les da su sonido. Los soportes digitales cargan todavía con la inercia del inglés: un idioma sin tildes, con solitarios signos de interrogación y admiración. Poco a poco esa lógica se infiltra en nuestra escritura y, con ella, también en nuestra manera de pensar el lenguaje, de pensarnos a nosotros mismos en el lenguaje.

Aprender a escribir ya no parece necesario. Esa es la realidad. Muchos confían sus palabras a los correctores automáticos, esos que tan pronto convierten muchos en michos, como transforman un descuido al escribir garcias en lugar de gracias en un Garcías. La eñe, por su parte, se ha vuelto la gran ausente de formularios, plataformas digitales, aplicaciones y, desde luego, de las direcciones de correo electrónico. Así, a fuerza de tolerar pequeñas imprecisiones (casi invisibles para quien nunca les ha concedido importancia) vamos ampliando el margen de lo aceptable. Los errores ortográficos dejan de parecer errores; después llegan los párrafos confusos y, al final, los textos en los que las ideas también terminan por ausentarse.

Cada vez me encuentro con una forma de pensar que me resulta preocupante en el mundo cotidiano, pero sobre todo en la universidad: muchos docentes consideran que corregir la ortografía no les corresponde. Un acento mal colocado, un punto ausente o una coma fuera de lugar son, dicen, asuntos que debieron resolver otras personas. Culpa, sostienen, es de los profesores de primaria, secundaria e incluso de preparatoria. A quien forma médicos, abogados o economistas no le tocaría la tarea, aparentemente menor, de señalar un párrafo mal construido o un texto que ha renunciado a la gramática hasta volverse ininteligible. No ven mal, incluso, el uso de lenguaje generativo para salvar esas fisuras formativas.

Sin embargo, resulta difícil creer que alguien pueda aprender a pensar con rigor si también ha dejado de aprender a escribir con claridad. ¿Es tarea de la universidad enseñar a escribir? Desde luego. ¿Lo es de los docentes? ¡Por supuesto que no! Y así me enfrento a la tarea interminable de textos mal escritos y de quien piensa que no les atañe hacer nada al respecto.

Me gustó una frase que encontré en la red atribuida a Ángeles Masttreta: "La ortografía no convierte a nadie en inteligente, pero expone hábitos difíciles de fingir: atención, cuidado y rigor. El lenguaje escrito deja rastros del modo en que una persona ordena sus ideas y se relaciona con los demás. Escribir con precisión no responde a una cuestión de elitismo cultural, sino de claridad y responsabilidad. Quien descuida sistemáticamente las palabras suele terminar descuidando también el sentido de lo que quiere decir."

Y es que escribir no es solo una destreza escolar o académica: es una forma de pensar y, también, una manera de habitar el mundo. Es un derecho que todos deberíamos ejercer para aclarar la mente, ordenar la experiencia y dar sentido a lo que vivimos. Escribir nos enfrenta todos los días a nuestras propias limitaciones; nos obliga a reconocer que no siempre sabemos qué queremos decir ni cómo decirlo y que tal vez la única forma de lograr construir un sentido sea intentándolo, aunque al principio nos equivoquemos, aunque pasen los años y no logremos ser perfectos. La página en blanco es una tierra salvaje que, palabra tras palabra, vamos haciendo nuestra con aquello que nos constituye. Si dejamos de darle importancia al lenguaje, entonces es como olvidarnos lentamente de nosotros mismos.