Pocas profesiones están tan presentes en la vida diaria y son tan poco visibles como la ingeniería. Está en el agua que llega a nuestras casas, en los alimentos que consumimos, en las carreteras y los puentes, en la energía que usamos, en los hospitales y en las fábricas que generan empleo. Cuando todo funciona, casi no la notamos. Cuando algo falla, la notamos todos.
Por eso la ingeniería no es un tema solo de especialistas. Es una de las bases del desarrollo de un país. Una nación que diseña, construye y mantiene bien su infraestructura, y que puede resolver sus propios problemas técnicos, depende menos de soluciones hechas en otra parte. El Plan México lo reconoce. Entre sus metas están generar 1.5 millones de empleos adicionales en manufactura especializada y sectores estratégicos, y formar 150 mil profesionistas más cada año, con formación técnica alineada a sectores estratégicos. Ninguna de las dos se puede cumplir sin ingenieras e ingenieros.
El reto es que la profesión está cambiando muy rápido. El Foro Económico Mundial estima que 39% de las habilidades centrales de las personas trabajadoras cambiará hacia 2030, y que las que más crecerán serán las de inteligencia artificial y análisis de datos, ciberseguridad y manejo de tecnología. En México el cambio ya se nota. Según la Encuesta de Escasez de Talento 2026 de ManpowerGroup, 67% de las empresas encuestadas tiene dificultades para cubrir sus vacantes, y las posiciones más difíciles de llenar ya son las de desarrollo y aplicación de inteligencia artificial, por encima de la ingeniería y la informática tradicionales. El sector con mayor escasez es el automotriz, con 81%, un dato muy relevante para Puebla.
Hay un segundo reto, más de fondo. México invierte poco en investigación y desarrollo. De acuerdo con el Banco Mundial, en 2023 destinó alrededor de 0.27% de su PIB a este rubro, mientras que el promedio de los países de la OCDE es de 2.7%. Con ese nivel de inversión es difícil pasar de aplicar tecnología creada en otros países a desarrollar la propia. Formar más profesionales de la ingeniería es necesario, pero también hay que abrir más espacios donde puedan investigar e innovar.
También hay oportunidades claras. Todo indica que la inteligencia artificial, más que sustituir a quienes ejercen la ingeniería, está cambiando su forma de trabajar. El mismo informe concluye que, por ahora, la IA generativa tiene poca capacidad para reemplazar habilidades que requieren juicio o trabajo práctico, y que su mayor potencial está en complementar el trabajo humano. Quien domina estas herramientas puede analizar más información y llegar antes a una buena solución, siempre que entienda lo que la herramienta hace y sepa revisar sus resultados. Además, las habilidades ambientales están entre las diez que más crecerán, impulsadas por la adaptación al cambio climático y las nuevas tecnologías de energía. Agua, alimentos, energía limpia, manufactura avanzada y salud son campos donde México necesita hoy ingenieras e ingenieros.
Aquí las universidades tienen una responsabilidad central. No basta con enseñar las herramientas de moda, porque cambian pronto. Lo que no pierde vigencia es una base sólida en ciencias e ingeniería, la capacidad de analizar problemas complejos y el criterio para decidir con responsabilidad ética. También hay que formar el hábito de seguir aprendiendo, porque quien egresa hoy tendrá que actualizarse muchas veces en su carrera. Y hace falta más vinculación con la industria, el gobierno y las comunidades. En la UDLAP, por ejemplo, un equipo trabaja con financiamiento de la SECIHTI en un sistema de tratamiento de aguas residuales para talleres textiles domiciliarios en Puebla. Proyectos así enseñan que una solución técnica solo sirve si quien la va a usar puede costearla y operarla.
¿Cómo saber si una escuela de ingeniería cumple con esa tarea? Una buena respuesta es la evaluación externa. El próximo 6 de noviembre, la Asociación Nacional de Facultades y Escuelas de Ingeniería (ANFEI) reconocerá por quinto año consecutivo a la Escuela de Ingeniería de la UDLAP como una de las mejores instituciones de ingeniería del país, en la categoría Platino, la más alta que otorga. Entre otros requisitos, esta categoría exige que el 100% de la matrícula evaluable esté en programas acreditados, además de demostrar mejora continua, vinculación internacional con impacto y mecanismos de equidad de género e inclusión. Hoy las once licenciaturas de la Escuela están acreditadas por el CACEI, y nueve cuentan además con la acreditación internacional ABET.
Este reconocimiento importa por lo que garantiza. Una acreditación no se obtiene una sola vez. Se revisa periódicamente y obliga a demostrar con evidencias qué saben hacer las personas egresadas y qué se corrige cuando algo no funciona. Para quien estudia, significa que su formación cumple con estándares reconocidos internacionalmente. Para quien contrata, que incorpora a alguien preparado. Para la sociedad, que las obras y los sistemas que diseñen esas personas parten de una formación rigurosa.
La calidad educativa en ingeniería no es un trámite ni un adorno. Es una responsabilidad pública, porque de ella depende en buena medida la calidad de la infraestructura, los servicios y la industria del país. Como parte de esta comunidad, celebro el reconocimiento y lo entiendo también como un compromiso. México necesita más ingenieras e ingenieros, sí, pero sobre todo necesita profesionales con una formación sólida, capaces de adaptarse a la tecnología que viene y de ponerla al servicio de los problemas que el país tiene hoy.