Catedráticos UDLAP

La salud como bien común

Escrito por: César Rodríguez Chávez, Doctor en Promoción de la Salud y Ciencias del Comportamiento, por la Universidad de Texas y Oscar Garza Vázquez, Doctor en Desarrollo Internacional por la Universidad de Bath

12/08/2026 |15:11
El Universal Puebla
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Peter Wohlleben, guardabosques alemán, observó en La vida secreta de los árboles (2015) que un árbol sólo puede ser tan fuerte como el bosque que lo rodea. No se trata solo de una metáfora, la ecología ha mostrado científicamente la interdependencia que hace posible un bosque saludable. ¿Podríamos utilizar ese mismo lente para comprender la salud humana? ¿Contamos con la concepción correcta de la salud para organizar nuestras sociedades y garantizar ese derecho no solo para cada persona, sino para las comunidades, las especies y el medio ambiente que las sostienen?

Con frecuencia, la visión dominante de la salud la reduce a dos dimensiones necesarias, pero insuficientes. Por un lado, la concibe como un bien público, en donde el Estado debe garantizar el acceso a clínicas, hospitales y medicamentos. Por el otro, como una responsabilidad individual, por lo que cada persona debe cuidar su alimentación, su salud mental, su estilo de vida. El problema es que la primera perspectiva tiende a abordar la salud principalmente desde la enfermedad, mientras que la segunda puede invisibilizar las desigualdades estructurales que determinan qué tan posible es, en realidad, “cuidarse”.

La pandemia por COVID-19 puso en evidencia estas limitaciones y las crisis (sanitaria, económica, social) que provocó se vivieron de manera desigual entre comunidades, grupos sociales y personas. En general, quienes acumulaban mayores vulnerabilidades —por pobreza, hacinamiento, trabajo informal o enfermedades previas— sufrieron en mayor medida los efectos de la pandemia. Sin embargo, la fragilidad estructural también terminó afectando a los grupos menos vulnerables; por ejemplo, la saturación hospitalaria, las cadenas de contagio y las disrupciones económicas y sociales. Es decir, como ocurre con el árbol y el bosque, nuestra salud nunca es enteramente nuestra: está condicionada, en parte, por la salud de las demás personas y por el contexto social y ambiental que compartimos. Por ello, necesitamos marcos conceptuales más amplios para comprender la salud humana.

En este sentido, desde la salud pública contamos ya con marcos que nos permiten pensar y actuar de otra manera. Por ejemplo, el abordaje de Una Salud —impulsado por la OMS, la FAO y otras agencias internacionales— reconoce que la salud humana es inseparable de la salud animal y del medio ambiente: lo que afecta a los ecosistemas afecta a la humanidad, y viceversa. También, el enfoque de Atención Primaria a la Salud, pilar de la reorientación del sistema de salud en México mediante el Modelo de Atención a la Salud para el Bienestar (MAS-BIENESTAR), propone algo más amplio que la sola atención médica: reconoce la importancia de las condiciones y los entornos en los que las personas desarrollan su vida. Igualmente, la Promoción de la Salud, también incorporada al MAS-BIENESTAR, plantea que la salud se produce social e intersectorialmente, a través de políticas públicas saludables, proporcionar los medios y las condiciones para que las personas puedan cuidar su salud, y facilitar la participación ciudadana.

Estos tres enfoques comparten una premisa: la salud no se produce de manera individual ni se garantiza únicamente con servicios médicos. También se construye colectivamente, en comunidad, en el entramado de relaciones y condiciones sociales, ambientales y económicas que hacen posible —o imposible— vivir bien.

Esto implica un cambio profundo en nuestra concepción de la salud. No se trata de abandonar su dimensión pública ni la responsabilidad individual, sino de reconocer que la salud es también un bien común — un bien que valoramos, producimos y cuidamos colectivamente. Comprenderla así no es un llamado a la solidaridad, sino un reconocimiento de interdependencia: la salud de cada persona está influida por las condiciones sociales, ambientales y económicas que compartimos, y mejorarlas fortalece el bienestar colectivo.

Un árbol sólo puede ser tan fuerte como el bosque que lo rodea.