Opinión

El Club de la Ingratitud y el exilio de Herrera

Salvador García Soto

El exsecretario de Hacienda está buscando un empleo en el extranjero

En la historia del presidencialismo mexicano ha habido todo tipo de estilos y costumbres cuando se habla de la relación entre los presidentes y sus amigos y colaboradores. Desde los presidentes que hicieron del gobierno una agencia de colocaciones para sus cuates y cuotas, hasta los que llegaban al poder ya con un grupo político al que consolidaron e impulsaron en su sexenio o los que de plano desconocían a los amigos estando en la Presidencia y hubo hasta un presidente que recurrió a empresas de head hunters para seleccionar a los miembros de su gabinete.

En el caso del presidente López Obrador, en los tres años de su gobierno, hay ya una constante que se repite: las salidas abruptas y en algunos casos sorpresivas que terminan a veces de manera estridente y terminan con funcionarios y colaboradores que a veces por renuncia, otras por despido, terminan abandonando el gabinete en condiciones no siempre tan dignas e incluso algunos terminan siendo humillados y maltratados por el presidente que un día los contrató y lo ensalzó.

Así pueden contarse ya una larga lista de hombres y mujeres que comenzaron el sexenio siendo orgullosos e importantes integrantes de la autollamada “Cuarta transformación” y que unos meses y años después, terminaron no sólo despedidos, sino desechados y alejados del ánimo presidencial. Algunos de ellos, incluso, hasta son investigados y señalados públicamente por la Fiscalía General de la República por presuntos actos de corrupción y enriquecimiento.

En las filas del “club de la ingratitud” del que ya se habla dentro de la misma 4T, figuran personajes que estuvieron en la primera línea del equipo presidencial y algunos incluso en el círculo más íntimo y cercano de López Obrador: desde el empresario Alfonso Romo, que fue el más gris e ignorado Jefe de la Oficina presidencial; el exsecretario de Hacienda, Carlos Urzúa, que pasó de ser el financiero de confianza a convertirse en el crítico más feroz y despiadado contra la 4T; y de los más recientes, el otrora poderosísimo consejero jurídico de la Presidencia, Julio Scherer Ibarra, que pasó de ser el “casi hermano” y operador político de todas las confianzas del presidente a ser el primer excluido del círculo íntimo del presidente.

La lista la completan Ricardo Monreal Ávila, el líder de Morena en el Senado, y Germán Martínez Cázarez, exdirector del IMSS.

También hay mujeres en el citado club de los que recibieron como pago a sus servicios la ingratitud: Irma Eréndira Sandoval dejó el gabinete tras acusaciones de traición y ataques a Félix Salgado. El otro caso de una mujer que llegó al gobierno de López Obrador para sumar su experiencia, imagen y trayectoria, y terminó siendo desechada y se enteró de su sustitución cuando estaba en un acto público en Los Pinos, fue el de Olga Sánchez Cordero, exsecretaria de Gobernación.

El de más reciente incorporación a ese club es Santiago Nieto, extitular de la UIF.

Otro caso emblemático de cómo López Obrador ha demostrado ser un presidente con un concepto “utilitario y pragmático” de la amistad y la lealtad de sus colaboradores, es el del exsecretario de Hacienda Arturo Herrera.

Hoy Herrera no sólo está decepcionado y dolido con la actitud del presidente hacia él, sino que además se quedó sin trabajo. Ante el impedimento legal de contratarse en México en el sector privado, el exsecretario de Hacienda está buscando un empleo en el extranjero, aprovechando su experiencia y trayectoria en el Banco Mundial.

Así la membresía del “Club de la Ingratitud” va creciendo. Al final, en tanto se van sumando nuevos integrantes a ese club, el gabinete y el equipo del presidente, se van llenando cada vez de políticos y personajes del ala dura y radical de Morena que ocupan los espacios que fueron dejando los técnicos y moderados del mencionado club.

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