Opinión

El delirio

Sabina Berman

—¡Este piloto está loco! Es un demente. Nos está llevando a una catástrofe

Supongamos un avión y dentro un pasajero que desde su ventanilla compara el paisaje con el mapa que sostiene en la mano diestra. Nada concuerda entre el mapa y el paisaje de kilómetros abajo. 

Según el mapa, abajo debería haber una maciza cordillera y lo que hay es una meseta de tierra roja. Según el mapa debería estar apareciendo ya la costa y luego el océano azul, y lo que va apareciendo es un desierto de dunas blancas. 

—¡Este piloto está loco! –exclama el pasajero. –Es un demente. Nos está llevando a una catástrofe. ¡A un suicidio! 

El pasajero olvida que lo que tiene en las manos es un mapa equivocado. 

Al inicio del viaje, todavía en el aeropuerto y según la nueva ordenanza de la aviación comercial, se puso a votación de los pasajeros qué piloto, qué ruta y qué destino tendría el vuelo. Luego, a un lado de la puerta abierta de la nave, el piloto electo le entregó a cada pasajero que ingresaba el mapa que emplearía en el vuelo. 

El mapa del piloto: el mapa con el que dirigiría el avión. 

Pero luego de una ojeada, el pasajero indignado hizo del mapa una pelota y fue a buscar donde tirarlo a la basura. Como no encontró un cesto, se lo entregó con aire furioso a una aeromoza. Para el viaje prefería mil veces su propio mapa, que consideraba el mejor. 

Así que todo el viaje de dos años el pasajero se lo ha pasado exaltado y manchando de sudor su elegante traje gris, y periódicamente se ha levantado del asiento histérico para gritar: 

—¡Peligro supremo!: ¡el piloto delirante a la picota! 

De cierto, hubo un momento en que sí contagió de su angustia a los otros pasajeros. Cuando el piloto enfrentó una corriente de viento imprevista y decidió volar en su contra, en lugar de encaramarse al rumbo del viento, lo que causó tremendas sacudidas, los gritos del pasajero del mapa equivocado se esparcieron por la nave: otros pasajeros (en realidad más pasajeras que pasajeros) también se alzaron de los asientos para protestar la necia y peligrosa decisión del piloto. 

Fue un momento de júbilo para el pasajero, todo el avión coreó sus terribles exhortos: 

—¡Matemos al delirante! ¡Entren a la cabina de mandos y dispárenle! 

Un feliz momento de comunión en que se sintió a punto de liderar el asesinato del piloto. Sin embargo las sacudidas cesaron, las pasajeras tomaron asiento, alguna desplegó el mapa del piloto y murmuró: 

—Pero qué necio piloto, era del todo innecesaria la turbulencia. 

Y por desgracia no sucedió más. Regresó la calma. Oh dóciles pasajeros, pensó el pasajero de este relato, y desdichado volvió a su asiento. 

Pero lo que más le ha irritado a nuestro pasajero es la señora que ocupa el asiento paralelo al suyo, del otro lado del pasillo, y que como él también vigila un mapa abierto y su concordancia con el paisaje de kilómetros abajo. La mujer comenta también como él el viaje en voz alta, pero con una estúpida aprobación. 

—Ah mira —murmura—, la Comisión Federal de Electricidad va a controlar el sector eléctrico, y ya no las empresas privadas. Qué bueno. Ah mira, Pemex va a volver a ser una empresa auto-suficiente. Me alegro. Ah mira, estamos alejándonos del neoliberalismo, por esto voté yo. 

Imbécil podrida, profundamente ignorante mujer, piensa nuestro pasajero. Buena parte de lo que va apareciendo en el territorio que sobrevuela el avión le parece bueno, porque figura ya en el mapa del piloto.

—Señora –se inclina ahora nuestro pasajero para llamar su atención—, señora, quiero comentarle algo, si me permite. 

—Dígame –le responde ella. 

—Usted se equivoca de mapa, señora. No use el mapa del piloto, si quiere le presto mi mapa, que es mucho mejor. 

La mujer le sonríe y regresa la vista al mapa del piloto. Maldita traidora delirante, piensa nuestro pasajero, y lentas lágrimas le bajan por las mejillas. 

—Señora –le vuelve a susurrar—, cuando aterricemos en 4 años voy a sacarle los ojos con una cucharita de plata y voy a comérmelos con sal, como si fueran huevos poché. 

La señora no lo escucha o finge que no lo escucha. Y nuestro atribulado pasajero es infinitamente infeliz. Es la amarga zozobra de tener razón en solitario. 

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