Opinión

El habla suave y el garrote

Lorenzo Meyer

Entre los individuos como entre las naciones, el doble discurso suele ser parte de sus relaciones. Aunque inmoral, sigue en uso por ser eficaz

Entre los individuos como entre las naciones el doble discurso suele ser parte integral de sus relaciones. La práctica es antiquísima y aunque desde siempre se le ha juzgado inmoral sigue en uso por ser eficaz. Los ejemplos abundan, pero vale la pena detenerse en uno reciente y novedoso, no por su esencia sino por su forma y tiene que ver con la relación entre Irán y Estados Unidos.

En su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el presidente norteamericano Joseph Biden declaró que su gobierno deseaba volver a reactivar una negociación que debe evitar que Irán se sume al grupo de países que, sin ser grandes potencias, son poseedores de un arsenal nuclear –está en el interés de todos detener la proliferación nuclear. Y para ello propuso revivir el acuerdo de 2015 (el Plan Comprehensivo de Acción Conjunta o JCPOA) producto de una negociación larga y complicada, que comprometía a Irán a abrirse a la inspección internacional para asegurar que su producción de uranio enriquecido sólo podría servir para generar energía eléctrica, pero sería inútil para usarse en armas atómicas. Por su parte, Estados Unidos debería poner fin a las medidas económicas contra el comercio exterior de Irán. El acuerdo fue celebrado por casi todo el mundo, pero no por el gobierno de Trump que en 2018 anunció su retiro del acuerdo.

La propuesta de Biden de revivir lo pactado en 2015 representa el lado constructivo de una política de gran potencia. Pero, si el observador retrocede apenas unos meses en el tiempo se va a topar con lo opuesto: el asesinato en Irán el 27 de noviembre del año pasado y con participación de Estados Unidos, del doctor Mohsen Fakhrizadeh, el “padre del proyecto nuclear” y que los gobiernos norteamericano e israelí querían sabotear de tiempo atrás. Desde hacía tres lustros Israel buscaba eliminar al físico iraní pero sólo lo consiguió cuando el gobierno norteamericano aceptó participar en la empresa. Y según un minucioso reportaje de The New York Times (19/09/21) lo hizo de manera espectacular.

El asesinato del científico atómico ocurrió cuando este conducía su auto cerca de Absard acompañado de su esposa y escoltado por el grupo especial de Guardianes de la Revolución que siempre le acompañaba. El asesinato tuvo la aprobación expresa del presidente Trump, del Departamento de Estado y de la CIA. El robot que accionó la ametralladora belga que disparó contra Fakhrizadeh era una compleja máquina de una tonelada, ejemplo muy sofisticado de inteligencia artificial cuyas partes fueron introducidas subrepticiamente a Irán y accionado sin presencia humana, pero con ayuda de satélites. El robot sustituyó tanto al dron que antes había acabado con la vida de un importante general iraní —Qassim Suleimani— pues el aparato sería detectado lo mismo que un comando tradicional.

Irán y Estados Unidos tienen intereses nacionales encontrados desde que en 1953 la CIA e Inglaterra orquestaron un golpe contra el gobierno de Mohammad Mossadeq por haber intentado la nacionalización del petróleo, justo como ya lo había hecho Cárdenas en México. Ese golpe impuso el gobierno del Shah pero en 1979 la revolución de los ayatolas lo echó fuera. En la cruenta guerra que Irak le declaró a Irán al año siguiente y que se prolongó por ocho años, Estados Unidos apoyó al Irak de Sadam Hussein para poco después volverse contra él y de paso dejar arruinado a Irak.

En conclusión, para los países periféricos casi siempre es conveniente alentar el lado relativamente negociador del ejercicio del poder imperial —en este caso el acuerdo JCPOA— pero nunca deben olvidar que las políticas del “poder blando” siempre se hacen a la sombra del gran garrote. 
 

 

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