Opinión

La ley de la obediencia

Alfonso Zárate

Ante el desgaste y la lealtad ciega de quien hoy preside el Senado, una pregunta es inevitable: ¿valió la pena, Olga?

“No les cambies la ideología, cámbiales los ingresos”. Esta frase explica muchas transformaciones que parecen inexplicables en el comportamiento de políticos, académicos y periodistas. Pero el chambismo no es suficiente para explicar las veleidades que condicionan, alteran o contradicen las posturas políticas, ideológicas o jurídicas originales: están también la devoción y la fragilidad ética.

En el caso de la ministra en retiro Olga Sánchez Cordero no hay una motivación económica, lo que parece explicarlo es la seducción del personaje, Andrés Manuel, y la gratitud que le debe por la oportunidad que le dio de entrar a la historia. Por eso nada, ni siquiera el maltrato que recibe del propio presidente y que toleró de miembros del gabinete, ha movido su incondicionalidad y su defensa a un gobernante que atropella la Constitución y las leyes, que está desquiciando la administración gubernamental, le está entregando negocios y poder a las fuerzas armadas y que deja malas cuentas en salud, seguridad y combate a la pobreza. Es “la ley de la obediencia”, le llama Raúl Cremoux.

López Obrador le dio a Sánchez Cordero el privilegio de ser la primera mujer secretaria de Gobernación, aunque, en realidad, antes decidió despojar al viejo Ministerio del interior de los poderes que le conferían las leyes y la costumbre. Le entregó un cascarón y ella aceptó esos despojos envueltos en un estuche de lujo: el palacio de los Covián.

Doña Olga recibió una estructura desmantelada, sin autoridad sobre el centro de inteligencia civil del Estado ni sobre la política migratoria y, lo más importante, sin la jerarquía política —que es producto de la confianza que, ante los otros, le otorga el titular del Poder Ejecutivo— y que le habría permitido conducir la política interior. Durante su periodo, la Secretaría de Gobernación resultó una pálida réplica de lo que solía ser.

En un primer momento, Sánchez Cordero intentó sustentar sus diferencias ante algunas decisiones presidenciales, pero perdió las batallas, a partir de entonces decidió simplemente flotar, simular.

Pero hoy el presidente ha nombrado secretario de Gobernación a su “entrañable amigo y paisano” Adán Augusto, y acompañó esa designación con la entrega de los elementos reales y simbólicos que le permiten ser lo que nunca fue Olga: jefe del gabinete; así, Adán, el del Paraíso (Tabasco), empieza a convertirse en la voz del presidente para dialogar con las oposiciones y dar línea. Recibe a un grupo directivo del PAN con el gobernador García Cabeza de Vaca y convoca a los del PRI.

En el manejo tosco de las formas, el recién nombrado secretario de Gobernación le da posesión al nuevo titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Pablo Gómez, así como a los nuevos titulares del ISSSTE, Insabi y Nacional Financiera. Igualmente, asume la interlocución con el Poder Judicial —antes conferida a la Consejería Jurídica—.

Ante el desgaste de quien hoy preside el Senado de la República, cuya lealtad ciega al gobernante la hace objeto de juicios feroces, una pregunta es inevitable: ¿valió la pena, Olga?

 

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.
@alfonsozarate

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