Opinión

La otra víctima en México: la democracia

María Elena Morera

La democracia está siendo asediada por el crimen en México y por el gobierno federal. Hoy vivimos una andanada contra nuestro sistema democrático que, si no frenamos, puede terminar con años de lucha de quienes le quitaron al Estado el control de las elecciones y lo pusieron en manos autónomas.

La convivencia política en México está definida por un sistema que rige la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones. La participación ciudadana se ejerce, entre otras cosas, a través del derecho a votar y ser votados. El próximo 6 de junio se elegirán más de 21 mil cargos públicos, lo que representa una gran prueba para los diversos actores involucrados: partidos políticos, ciudadanos, Instituto Electoral Nacional y los gobiernos federal y estatal para asegurar que se desarrollen de manera pacífica las elecciones.

Sin embargo, las personas que activamente están contendiendo por un cargo público se enfrentan ante un escenario hostil y sumamente violento, que pone en riesgo su integridad y nuestra democracia. Para nadie es noticia que en México conviven múltiples violencias. La fragilidad institucional y la normalidad del crimen se desarrollan en un año de procesos electorales el cual marcara un antes y un después en el desarrollo del país. Las jornadas electorales, como siempre, vuelven a poner a prueba la fortaleza de nuestro sistema democrático en un escenario sumamente adverso en el que se ejercen enormes presiones sobre la institución electoral y se atenta contra la integridad de candidatos y candidatas.

La estructura electoral es violentada, al menos en el discurso, por el gobierno federal, en contra del Instituto Nacional Electoral (INE), que ha sido objeto de diversas acusaciones que dirigen hacia la discusión sobre cuestionar su autonomía en particular y su existencia en lo general. Los atentados contra el INE han sido varios. El nombramiento directo por parte de la Cámara de Diputados de los consejeros locales; la reducción programática del presupuesto del Instituto; el cuestionamiento a su autonomía y la intención de eliminarlo.

En suma, cada atentado pone en riesgo las funciones fundamentales de la autoridad electoral. La institucionalidad democrática en nuestro país debe asegurar la autonomía de las autoridades electorales; proveer certeza en los procesos electorales; velar por las reglas de equidad en las condiciones de la competencia y mantener la representación de la pluralidad política. Sin embargo, durante la actual administración, estos pilares de la institucionalidad democrática son objeto de escarnio y ataques.

La vida democrática mexicana aún es frágil. La desigualdad y la pobreza, la creciente violencia, la disminuida participación ciudadana y los crecientes ataques contra la autonomía de las instituciones, evidencian cada vez más, los vacíos en la vida democrática del país.

La violencia, y específicamente la violencia política siempre ha estado presente en nuestro país, sin embargo, no debemos considerarlo un ingrediente constante de nuestra convivencia política. Al contrario, debemos mantener viva la indignación y llevar a las autoridades correspondientes nuestros señalamientos y denuncias. Los ciudadanos debemos exigir que se garanticen las condiciones necesarias para que, la democracia entendida como forma de vida política, no sea otra víctima de la violencia y el crimen en nuestro país.

Para asegurar la protección de la democracia en México se debe asegurar que no se pierda la autonomía política de la autoridad electoral, que se mantenga la profesionalización del personal del Instituto Nacional y los estatales para asegurar su capacitación, mantener el resguardo de la información en manos de la autoridad electoral y por supuesto, asegurar una jornada electoral libre de violencia.

A pesar de los muchos retos que enfrenta nuestro país, en estos momentos, la democracia es una construcción colectiva, por lo que su defensa es responsabilidad de todos, como también el silencio y la indiferencia ante este tema medular tarde o temprano jugará en nuestra contra.

(Colaboró Pilar Déziga)

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