No es la revolución de 1789 pero, estéticamente, se empieza a parecer. Vaya que sí. A poco más de un mes y medio de que algunos cientos de estudiantes de secundaria y preparatoria se lanzaran a las calles del país galo para reivindicar una educación pública de mayor calidad, las y los franceses asisten, con estupor, al caos más absoluto y al desorden total.
Ha tenido que declarar, el presidente de la República, Emmanuel Macron, toques de queda -parciales y nocturnos- en algunas ciudades emblemáticas como Paris, Lyon, Lille y Niza, en un intento por recuperar el control de las calles, cuyos comercios son pasto del pillaje y el vandalismo. Cerca de 3 mil establecimientos han sido vandalizados y saqueados y, casi la misma cifra, registran las comisarías de Francia, de detenidos por estos actos de barbarie.
Ahora bien, ¿Qué exigen estos miles de manifestantes? En esencia reivindican los rubros del estado de bienestar que el gobierno de Macron -con más de 9 años al frente de la V República de Francia- no está sabiendo garantizar en niveles de eficacia adecuados. Vivienda que sea asequible, educación pública de calidad, sanidad accesible, pensiones que alcancen y que no se vean superadas por una inflación que deja en la orilla a varios millones de franceses, infraestructuras adecuadas, seguridad y un largo etc….
Queda muy claro que el marido de Brigitte, hábil para el asesoramiento financiero desde que, emanado de la banca Rothschild & Cie, hizo lo propio con el socialista ex presidente de la República, Francois Hollande, no está acertando a la hora de equilibrar los rubros macroeconómicos con el día a día de la realidad microeconómica de los franceses de a pie.
Macron, quien también es el líder del partido centrista Renaissance -Renacimiento-, asiste, bastante paralizado, al final de su mandato lamentándose de la contaminación social que ya está laminando buena parte de su legado. Se ha animado, en cambio, a etiquetar las fuerzas motrices de esta revuelta social. Alto y claro ha afirmado que la ultraizquierda anarquista y el islamismo yihadista están siendo las dos principales palancas que impulsan a este movimiento.
El líder de todos los partidos políticos que, en el arco parlamentario francés, están a la izquierda del centro de Macron, Jean Luc Mélenchon -ex candidato a la presidencia de la República y aglutinador de las expectativas de anarquistas, comunistas, verdes y algunos socialistas- no ha condenado, en modo alguno, los actos de violencia que asolan las calles y barrios de Francia. Es más, por momentos, hay pruebas de que los alienta.
Mientras, desde la barrera y lamiéndose los bigotes, espera, cómoda y a gusto, Marine Le Pen y su partido Rassemblement National. La extrema derecha pues. Sabe que este panorama de caos le es muy propicio para posicionarse como la salvadora de una Francia que, en 2027, tendrá elecciones a la presidencia de la República -sin que Macron se pueda presentar, pues ya cumplió los dos mandatos que permite la ley-. Venderá, por cuarta vez -en las tres ocasiones anteriores fue derrotada en su deseo por acceder a la silla del Eliseo- la mercancía de seguridad, orden y desarrollo económico. Y una Francia para los franceses que ponga un muro al islamismo radical.
Solo las y los franceses saben si, esta vez sí, le otorgarán su confianza. La patria de la libertad, la igualdad y la fraternidad -la bandera ideológica de la revolución que cambió al mundo en 1789- se tambalea desde sus cimientos. Veremos qué Francia surge de entre los escombros y las llamas de los cóctel molotov.