Le encanta jugar. No en vano posee algunos de los casinos más exitosos de Las Vegas y de otras ciudades de Estados Unidos. Donald Trump siempre ha sido un jugador. Ha especulado con terrenos y desarrollos inmobiliarios, se ha divertido, por años, en la isla de su amigo Epstein, con compañías muy cuestionables. Juega con la prensa de su país, juega con los 3 poderes -ejecutivo, legislativo y judicial- de la democracia de Estados Unidos. Juega a cazar personas, migrantes en situación irregular, con sus “comandos Gestapo” de la ICE (servicios de inmigración y control de aduanas). Y, finalmente, juega con la economía, con las cosas de comer pues, a través de los aranceles que pretende imponer a medio mundo.
Pero, lo que no acaba de entender el presidente norteamericano es que Estados Unidos sí es una democracia. De hecho, es la democracia con la constitución vigente más antigua: 1787. Y, aunque juega en el mismo tablero de la geopolítica internacional que el ruso Vladimir Putin y que el chino Xi Jinping, a diferencia de ellos dos que gobiernan de forma dictatorial, Trump se debe a las leyes de su país.
Y, precisamente, ha sido la Corte Suprema de Estados Unidos, la cúspide del poder judicial, pues, la que ha determinado que el presidente Donald Trump no puede imponer aranceles globales y específicos sin autorización del Congreso.
No obstante, ha tardado horas Donald Trump en reactivar su relato para tomar la delantera mediática y ejecutar una nueva orden ejecutiva para establecer un arancel global del 10 % a muchos países con los que Estados Unidos tiene relación comercial. Esta medida busca respaldar su agenda proteccionista tras los fallos judiciales, aunque podría requerir aprobación legislativa futura para extender su vigencia.
El representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, señaló que la política de aranceles no ha cambiado y que se buscarán mecanismos para aplicar gravámenes pese a las limitaciones impuestas por el máximo tribunal estadounidense.
Este anuncio de aranceles ha generado incertidumbre en sectores productivos mexicanos, aunque el gobierno sostiene que los productos que cumplen con las reglas de origen del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) seguirán exentos, lo que podría mitigar el impacto de la nueva tarifa global. Expertos señalan que esto podría incluso dar una ventaja comparativa a México frente a otros países que no cuentan con ese marco comercial.
Sea como fuere, el caso es que Donald Trump sigue estresando la relación bilateral con nuestro país. Ya sea por el tema de la migración, por el de la seguridad o por la economía, es complicado para el gobierno que preside la Dra. Claudia Sheinbaum, entender cuáles son las teclas del piano que hay que tocar para llevar una entente armónica con el vecino del norte. Los siguientes meses serán cruciales para determinar una renegociación óptima del T-MEC.

