Nunca es solo futbol. Nunca lo es. Ni lo fue. Por más que todos los directores técnicos, todos los entrenadores, se empeñen en afirmar que los partidos de futbol, de alto nivel, son solo encuentros de futbol, no es así. Tal vez debería de ser así. Sería más deportista, más elegante, más guante blanco. Pero no lo es porque la historia de la humanidad es un reguero de conflictos, de guerras, de disputas. Y, si antes dos ejércitos se destrozaban en un campo de batalla, hoy el tablero de la estrategia es el terreno de juego.
Esta Copa del Mundo 2026 refleja y ha reflejado mucho de esto. La selección de Rusia pagó su invasión a Ucrania, no acudiendo a esta justa futbolera que se desarrolló en México, Estados Unidos y Canadá. Irán tuvo que entrenar y pernoctar en nuestro país pero, en cambio, disputó sus partidos en Estados Unidos, pagando el cansancio de varias horas de avión antes de cada encuentro. Así se vengó el Tío Sam por los resultados de una guerra que, ni ha ganado, ni ganará.
Argentina se enfrentó, hace escasas horas, a Inglaterra venciéndola 2-1 y logrando su pase a la final del mundial. Un partido bastante limpio pero con todo el recuerdo -pasado que se convierte en presente, cada vez que rueda el balón-de las afrentas vividas. Como olvidar los centenares de fallecidos -casi todos argentinos- en 1982, cuando la Dama de Hierro británica, Margaret Thatcher, recuperó las Islas Malvinas, invadidas, temporalmente, por el ego desmedido del dictador argentino Leopoldo Galtieri.
Aquel conflicto fue solo la antesala de la dulce venganza de Argentina que, de la mano de Dios, de Maradona, frenaba las aspiraciones de los británicos por lograr algo en el Mundial de México 1986. De postre, y en la eterna retina de cualquier aficionado al balompié, el famoso gol del siglo del mismo Diego Maradona, para mayor humillación del combinado inglés.
También España y Francia echaron su pulso en este mundial. Dos de los grandes colosos de la geopolítica europea se enfrentaron en la otra semifinal, misma que se saldó con victoria de los ibéricos. Peleados por religión en toda la Edad Moderna, luchando por territorio -no solo en el viejo continente sino también en América-, no entenderíamos nuestra actualidad sin comprender el mandato omnipotente de los reyes católicos y de los Austrias, entre 1492 y 1640, y el posterior reinado absolutista del famoso rey sol, el borbón Luis XIV, desde mediados del siglo XVII y hasta principios del siglo XVIII.
Siempre con un poso de permanente rencilla entre galos y españoles marcado, muy particularmente, por la invasión de la península ibérica, por parte de las tropas de Napoleón Bonaparte, en 1808, y el posterior infierno que desataron en el ejército francés, las incontables embestidas de los guerrilleros hispanos que se hartaron de asesinar invasores.
El futbol de élite, y los mundiales son la máxima expresión de esto, ha servido también como plataforma publicitaria para afianzar muchos regímenes políticos. El fascismo de Benito Mussolini se colgó de las dos primeras copas del mundo que conquistó Italia en 1934 y 1938. Lo mismo hizo la dictadura militar argentina, cuando los Kempes y Pasarela levantaron la copa del mundo en 1978.
Y, bueno, no hace falta ir muy lejos para ver como el todopoderoso presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió del máximo jerarca de la FIFA. Gianni Infantino, el “Premio FIFA de la Paz” tras no ganar, “el de verdad” que fue a parar a manos de la líder opositora venezolana, María Corina Machado.
Política, guerras, conflictos de toda índole siempre han sobrevolado el mundo del futbol. Pero al final, lo más lindo, es que siga rodando el balón.