No hay más. O se consagra o irán a por él y lo dejarán en los escombros de la Historia de Israel. Y lo sabe. Él lo sabe. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, “Bibi” para sus allegados, conoce, perfectamente, que el órdago que ha lanzado -en mancuerna con su amigo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump- hacia Irán, será su consagración o su tumba política.
Su consagración si logra que el poderío militar y económico de la nación persa quede suficientemente mermado como para abortar el financiamiento que, desde hace décadas, lleva a cabo Irán hacia grupos terroristas que amenazan y socavan la paz de Israel. Si Hamás, Hezbollah y, en menor medida, Hermanos Musulmanes, Yihad Islámica, Al Qaeda e Isis, quedan minimizados en su capacidad para hacer daño a la nación judía, la operación militar que inició el pasado 28 de febrero y que le costó la cabeza al ayatolá Alí Jamenei, será un logro incontestable del primer ministro israelí.
Pero, si la guerra se enquista, si la capacidad militar y de influencia política de Irán quedan casi intactas, los enemigos de “Bibi”, que son muchos, irán a por él y pueden empujarlo a un proceso penal que acabe con sus huesos en la cárcel.
Ahora bien, cabe preguntarse, ¿Por qué el líder político que más tiempo ha gobernado Israel es tan controvertido y suscita tanto encono?
“Bibi”, nacido en 1949 en Tel Aviv -acercándose a buen ritmo hacia su octava década de existencia-, ha sido primer ministro entre 1996 y 1999, del 2009 al 2021 y, finalmente, del 2022 a la fecha. Marcado por la muerte de su hermano, Yonatan, en el campo de batalla, Netanyahu se formó con educación privilegiada en Estados Unidos e, integró posteriormente, los Sayeret Matkal, la élite de las fuerzas militares de su país. Su paso como embajador, en los años 80, en la ONU, le otorgó una experiencia diplomática de la que no ha echado mano a la hora de convertirse en el líder más duro del partido Likud -la derecha en el ámbito político en Israel-.
Tampoco ha utilizado la mano izquierda cuando ha ordenado, desde hace décadas, el incremente de los asentamientos ilegales de población judía en Cisjordania -territorio controlado por la ANP, Autoridad Nacional Palestina-. Y desde luego no se está ganando ninguna postulación a un hipotético premio Nobel de la Paz -como sí lo obtuvieron, con justicia, sus antecesores Isaac Rabin y Shimon Peres, como resultado del proceso de paz con Palestina en los años 90 del pasado siglo-, con sus recientes incursiones militares al Líbano, violando la soberanía de ese país, para aniquilar las células operativas de la guerrilla integrista de Hezbollah.
Y, en casa, las acusaciones y los procesos por protagonizar casos de corrupción, siguen su curso. Fraude, abuso de confianza y soborno jalonan la trayectoria política de un primer ministro que siempre ha perseguido los fines sin hacerle muchos ascos a los medios para llegar a aquellos. Con un gobierno campechano formado por miembros del Likud, altos mandos del ejército y líderes ultraortodoxos, “Bibi” intenta, por todos los medios, implementar mano dura, desde el punto de vista militar. Todo ello en la inteligencia de que esas victorias otorguen una hipotética seguridad a sus conciudadanos. ¿Cortina de humo para eclipsar sus procesos judiciales en contra? ¿O puño de hierro legítimo para equipararse a su admirada ex primer ministro, -la famosa “Mano de Hierro” Golda Meir-¿
El tiempo lo dirá. De la mano con Trump, “Bibi” avanza en una montaña rusa, cuesta abajo, sin frenos y con un final más que incierto.