Oscar Tendero

La salud del Papa

Claves del Mundo

15/10/2026 |18:02
Oscar Tendero
Colaborador del El Universal PueblaVer perfil

Preocupante. No alarmante, pero sí preocupante. La salud del Papa León XIV ha pasado a primer plano desde que esta semana fue intervenido para extirparle un nódulo en un pulmón. Después de un par de horas, la intervención fue todo un éxito. La cirugía, llevada a cabo en el Policlínico Universitario Agostino Gemelli, en Roma, concluyó con la extirpación del lóbulo inferior del pulmón derecho.

El examen del tejido confirmó un adenocarcinoma pulmonar, un tipo de cáncer que se origina en las células glandulares. Con actividades públicas suspendidas hasta el próximo 20 de octubre, el Vaticano no se ha pronunciado sobre el tratamiento que ha de seguir el santo padre.

Cierta zozobra y, sin duda, preocupación por un santo padre que apenas tiene un año y medio en la silla de San Pedro. Tampoco su edad -71 años- indicaba, a priori, prontas dificultades a nivel salud.

Pero el caso es que existen y llegaron con velocidad. La agenda del jefe de estado de El Vaticano se trastoca irremediablemente. Para empezar queda en el aire su primera gira por América Latina, con visitas programadas a Uruguay, Argentina y Perú.

Y, una vez más, surge la eterna pregunta en cuanto a la salud de los máximos representantes de la iglesia católica ¿Por qué la iglesia no modifica la celeridad de su escalafón de obispos, arzobispos, cardenales y papas para que, quien llegue a ocupar la silla de San Pedro, lo haga en plenas facultades físicas y psíquicas?

Porque no solo se trata de presidir la jefatura de un estado sino de, sobre todo, dirigir el norte ideológico, religioso, dogmático y de fe de varios cientos de millones de fieles en todo el mundo.

El pasado siglo XX, de hecho, está tapizado de ejemplos de problemas de salud en los santos padres. Juan XXIII, renovador del rumbo de la iglesia, falleció a consecuencia de un cáncer de pulmón. Las iniciativas del decisivo Concilio Vaticano II quedaron abortadas -a medias- en su materialización.

Especialmente alarmante fue el fallecimiento de Juan Pablo I, tras 33 días de pontificado. Un velo de misterio cubrió su deceso.

Por su parte San Juan Pablo II, quien ocupó la silla de San Pedro de 1978 a 2005, vivió un auténtico calvario en sus últimos años al no poder ejercer su apostolado, como a él le hubiera gustado, debido a la enfermedad del parkinson.

Sin el ejemplo del papa polaco no podríamos entender el momento disruptivo del papa alemán, Benedicto XVI, ya en el siglo XXI. Ratzinger- su nombre germano- vivió tan de cerca la decadencia de su amigo San Juan Pablo II que, en cuanto vio que podía quedarse sin fuerzas -a todos los niveles- decidió dar un paso al costado y renunció al pontificado. Gesto que, sin duda, puede sentar un precedente para futuros pontífices que no se vean en plenitud de facultades para ejercer tan importante labor.

Muchos fieles piensan que no hay continuidad en el camino que lleva la iglesia católica. Y, en muchos casos, es por un hándicap de edad y de salud. A los presidentes de gobierno, sin ir más lejos, se les pide ser estadistas -es decir sembrar un modelo político que deje huella, que trascienda, y que supere su propio mandato-. Pero al parecer esto no aplica para los sumos pontífices.

Poca continuidad cuando, ahora más que nunca, la humanidad necesita algunas referencias firmes en las que reposar los enormes porcentajes de stress y desconcierto que provoca este mundo cambiante. Tarea pendiente para la cúpula de poder en El Vaticano.