Se huele, se respira. Vaya, el caso es que, a gritos desde el malecón de La Habana o desde las montañas de Sierra Maestra, se vislumbra un cambio. Y esta vez todo apunta a que va en serio. Son varios días seguidos en los que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, postula que el régimen autocrático que los hermanos Castro instauraron en Cuba, en 1959, va a caer.

De hecho, en las últimas horas, el mandatario norteamericano ha hablado de que puede negociar la caída del régimen político de la isla caribeña o puede incluso “tomar” la isla. Lo que él quiera. Así lo ha declarado el señor Trump en un ejercicio de absoluto desprecio por las leyes internacionales y por el respeto a la soberanía de las naciones. “Doctrina Donroe” pura y dura. Sin máscaras.

Desde hace semanas vienen produciéndose negociaciones entre la administración estadounidense y el gobierno cubano que preside Miguel Díaz-Canel. Son negociaciones que han avanzado en paralelo a la imposición -por parte de Estados Unidos- de aranceles económicos a aquellos países que osen vender hidrocarburos a la isla caribeña. La famosa estrategia de la zanahoria y el palo. Tan antigua como la vida misma. Y, sin duda, una vuelta de tuerca más al famoso embargo de la Ley Helms-Burton que ahogó, en los años 90 del siglo pasado, la de por sí maltrecha economía cubana.

Pero ¿Qué ha sucedido para que, en estos momentos, podamos hablar de un cambio político inminente en Cuba? En primer lugar el hecho de que al frente de la negociación está el poderoso secretario de exteriores de la administración Trump, Marco Rubio. El otrora senador, hijo de emigrantes cubanos, no va a dejar pasar la oportunidad de coadyuvar a un cambio de régimen en la patria de sus ancestros. De hecho, en los últimos dos días, Rubio comentó que las medidas económicas anunciadas por Díaz-Canel -una suerte de perestroika a la cubana- y centradas en la posibilidad de que ciudadanos cubanos en el exterior puedan invertir en empresas privadas en la isla, así como en sectores estratégicos como el turismo, la minería y la energía, no son suficientes.

Con rotundidad Rubio calificó a la economía cubana de disfuncional ya que ha vivido, en las últimas décadas, de los subsidios de Rusia y de Venezuela. Afirmó que no habrá flexibilización del embargo a Cuba, mientras no haya liderazgos políticos que aseguren una apertura democrática de la isla.

Y, en segundo lugar, porque Estados Unidos tiene un doble objetivo en Cuba. Por un lado volver a convertirla, no solo en una aliado geo-político en la zona, sino también en una especie de Spring Break permanente para ciudadanos norteamericanos rememorando el paraíso del vicio y los excesos que fue la dictadura de Fulgencio Batista en los años 50 del siglo XX.

Y por el otro porque una victoria contundente en Cuba, es decir una transición hacia un régimen democrático, auspiciada por Estados Unidos y liderada por políticos cubanos a modo, sería una excelente cortina de humo ante el cada vez más enquistado conflicto en Irán.

Hechos y narrativas útiles para Mister Trump pero, en el fondo, una situación cada vez más insostenible para casi 12 millones de cubanos que carecen, desde hace demasiado tiempo, de casi todo. Pero que, afortunadamente, están sobrados de esperanza por lograr un futuro más promisorio.

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