Cuando los historiadores describan nuestro tiempo, señalarán la llegada masiva de las mujeres a los puestos de autoridad del país como el evento más relevante del primer cuarto del siglo 21.

sí, no hay otro evento que esté cambiando más la convivencia de quienes vivimos en el México de hoy.

La llegada de una mujer a la presidencia coronará el suceso: esa mitad de la población que hasta hoy ha vivido subordinada a la otra mitad, llegará a la igualdad.

¿Seguro?

No, para nada. No es seguro que una presidenta cambié nada en la vida de las otras mujeres.

De cierto, una primera presidenta podría ser una enorme decepción, si su arribo queda solo en un asunto simbólico.

Una niña de la sierra de Oaxaca al ver en la tele a una mujer presidenta sí soñará que ella puede llegar a ser lo que quiera, tal vez una ingeniera, pero si las condiciones materiales que rodean a las mujeres no cambian el próximo sexenio, su sueño quedaría en una fantasía.

¿Por qué?

Para iluminar la encrucijada, conviene diferenciar entre tres tipos de feminismo.

Cuando una mujer decide no plegar su vida a la de los hombres, como le exige a la vuelta de cada decisión la cultura patriarcal, estamos hablando de un feminismo individual.

Cuando una mujer comprende que su feminismo individual no basta y asume su destino común con las otras mujeres y coopera en sus luchas, estamos hablando de un feminismo social.

En México este feminismo ha sido un enorme éxito —y para ahora posee una agenda política bien definida. A decir: acabar con la violencia que se ejerce contra la mujer y acabar con las desigualdades estructuradas en la cultura patriarcal.

Menos abstracto: acabar con el acoso, la violación y los feminicidios; acabar con la brecha salarial y la doble jornada de las mujeres; amén de proteger el derecho a decidir sobre la propia maternidad.

Y existe por fin un tercer feminismo, el que se plantea un Estado feminista. Es decir, un Estado que abraza la agenda feminista y usa su poder para llevarla a la realidad.

En México este feminismo fue avanzando las últimas tres décadas y es el que en el último lustro ha irrumpido con celeridad, pero está aún a medio camino: lo antes dicho, en los últimos 5 años las mujeres hemos invadido las oficinas estatales, y desde ahí hemos cambiado leyes y políticas públicas, pero aún no hemos logrado que los asuntos de las mujeres dejen de tratarse como asuntos de una minoría vulnerable.

Digámoslo directo: dado el avance del feminismo mexicano, la enorme decepción sería una presidenta cuyo feminismo sea solo individual y se refleje solo en cómo habla o se viste o con qué humor soluciona conflictos.

Digámoslo igual de directo: el verdadero cambio sería una presidenta que reconozca que el rezago de las mujeres no es el de una minoría, sino el de una mayoría. El rezago del 51% de la población. Y en consecuencia convierta al Estado en feminista.

¿Cómo se vería en acción un Estado feminista?

La violencia contra las mujeres sería combatida como lo que es en realidad, una fuerza anti-social, usando en el combate todo el poder de la educación pública y las fuerzas del orden.

Sobre la doble jornada de las mujeres, el Estado asumiría buena parte de su carga. Es decir, buena parte de lo que históricamente ha sido el trabajo obligado y no pagado de las mujeres, pasaría a ser obligación del Estado.

Se sobreentiende que las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo volverían a todo el país; también que el Estado tendría que ampliar grandemente el Sistema de Cuidados; y en general aumentar las ayudas a la familia.

Esta es la generosidad del feminismo: al lograr sus metas, beneficiaría a muchos más que a las mujeres.

A tod@s.

¿Qué más haría una presidenta feminista?

Hay que preguntárselo a las dos candidatas.

Y nos toca en especial a las mujeres de la prensa preguntárselos, lado a lado con las preguntas sobre Pemex o la relación bilateral con Norteamérica.

O más bien, antes.

Después de todo, el feminismo es hoy el movimiento más numeroso del país. También el que cuenta con la agenda política mejor definida.

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