La directora tunecina Kaouther Ben Hania es una de las grandes voces del cine independiente internacional. Su filmografía cuenta con cuatro documentales y tres largometrajes con gran reconocimiento global, cada uno enfocado en darle voz a las minorías e historias del Medio Oriente que el mundo tiende a ignorar.
Sus tres películas principales no son ajenas a la carrera por el Oscar. La Bella y los Perros (2017) – drama basado en hechos reales sobre una estudiante tunecina que lucha por demandar a los policías que la violaron – llegó a la preselección de la Academia, mientras que El Hombre que Vendió su Piel (2020) – drama satírico sobre un hombre sirio que huye de la guerra hacia Bruselas – se convirtió en la primera película de Túnez en ser nominada a los Premios Oscar. Ahora, con su tercer filme, La Voz de Hind Rajab, Ben Hania vuelve a competir en el escenario global, pero si algo destaca a su cine no es la cantidad de premios que tiene o la gloria que recibe, sino la intención y el mensaje que los filmes llevan consigo.

Más allá de la técnica, a Ben Hania le importa develar la verdad hacia el mundo. Alzar la voz por todos aquellos sometidos por los sistemas nacionales e internacionales, mostrar los rostros de quienes han tenido que soportar la guerra como un evento cotidiano, todo sin señalar culpables ni aleccionar, sino colocando la cámara, y los guiones, como una ventana que sólo muestra los hechos.
Así llega La Voz de Hind Rajab. Dirigida por Kaouther Ben Hania (Las Cuatro Hijas, El Hombre que Vendió su Piel) y protagonizada por Amer Hlehel (Alam, Fiebre Mediterránea), Clara Khoury (Sink, Layla BeHaifa), Motaz Malhees (No Hables con Extraños, Hamza: Persiguiendo al Fantasma que me Persigue) y Saja Kilani (Simsim, Crónicas del Asedio).
En este drama basado en hechos reales, seguimos la historia de Rana Hassan (Saja Kilani), Omar Alqam (Motaz Malhees), Mahdi Aljamal (Amer Hlehel) y Nisreen Qawas (Clara Khoury), cuatro miembros de la Media Luna Roja que se enfrentan a la frialdad de la burocracia para rescatar a Hind Rajab, una niña palestina que quedó atrapada en medio de los enfrentamientos contra Israel en Gaza.
La Voz de Hind Rajab es un filme que tiene muy claras sus prioridades: la historia y los hechos van primero, todo lo demás va después.
En este sentido, el filme, desde un punto de vista completamente técnico, no está interesado en seguir una narrativa cinematográfica tradicional, artística o estética. El filme se construye dentro de un solo espacio habitado por cuatro personajes, quienes rondan a través de cuartos de emergencia con la cámara enfocándose en transmitir la urgencia, ansiedad y desesperación de la situación a través de movimientos en mano, primeros planos, planos secuencia y cambios en agresivos en el foco.
La iluminación es eficiente en cada escenario, al igual que el diseño de producción, el cual se enfoca en resaltar detalles de cada set que ayudan a mantener en mente lo que está en juego dentro de la historia, además de representar a figuras reales, pero de eso ya hablaremos más adelante.

En resumen, estos son los elementos que constituyen a la película en su forma más sencilla, lo que nos deja con un filme visiblemente básico en comparación con el resto de los nominados en la categoría de Mejor Película Extranjera en los Oscar 2026. Eso hasta que nos topamos con la historia, la cual es petrificante.
La Voz de Hind Rajab no es una película, es un documental dramatizado. El filme nos muestra la historia real, sustentada con el audio original de la llamada de emergencia, de la pequeña Hind Rajab Hamada, una niña palestina que viajaba junto a su familia cuando quedaron atrapados en medio de los combates entre Hamás y el ejército israelí durante la invasión y el asedio de Gaza.
Eso es todo lo que retrata el filme. Un espiral de desesperación, angustia e impotencia que muestra llamada, tras llamada, tras llamada de una niña envuelta en el miedo y el horror de la guerra y la incertidumbre, contando los segundos en caso de ser rescatada y rezando por un verdadero milagro.
En el lado de la dramatización, la película cuenta con cuatro actores que interpretan a las mujeres y hombres que acompañaron a Hind a lo largo de la angustia que fue el último día de su vida.

Amer Hlehel, Clara Khoury, Motaz Malhees y Saja Kilani hacen un excelente trabajo al demostrar sus habilidades actorales para demostrar todas las emociones posibles que un humano sentiría en una situación tan frustrante como ser el operador de emergencia que poco o nada puede hacer para llegar hasta Hind para verdaderamente ayudarla. Pero lo cierto es no importa qué tan buena interpretación haya sido, es imposible no pensar en lo que los verdaderos Rana Hassan, Omar Alqam, Mahdi Aljamal y Nisreen Qawas tuvieron que atravesar esa noche.
En este mismo rubro de la dramatización, el filme aprovecha la oportunidad para describir el horror de la burocracia en la guerra. Generales, instituciones, países que no deberían tener jurisdicción en territorios que no le pertenecen, todos escudándose bajo la excusa de los protocolos en lugar de actuar para salvaguardar a un verdadero inocente.
Ciertos elementos del arte escenográfico van más allá de ser complementos para los sets, pues nos encontramos con las fotos reales de los miembros de la Media Luna Roja que dieron su vida para salvar a otros, y también nos topamos con la imagen de Hind Rajab. Una imagen que, de una u otra forma, de un vacío y un eco en la audiencia tras conocer su historia.
Como directora, Kaouther Ben Hania no apunta hacia culpables directos, sino que deja que los hechos hablen por sí mismos. La audiencia tiene una participación mayúscula en el filme, pues es importante la discusión del contenido más allá de los créditos.

Si bien es cierto que La Voz de Hind Rajab no es un logro cinematográfico como otros filmes buscan serlo en la carrera por los Premios Oscar, sí se trata de una película obligatoria para todo público. Es, en esencia, un documental directo sobre una tragedia que no sólo pudo ser evitada, sino que no debería existir en ningún lugar ni en ningún momento. Cada segundo es asfixiante. Cada testimonio y llamada real son un peso enorme que se añade a una deuda humanitaria que el mundo jamás podrá pagar. Más allá de ser una película perteneciente a la temporada de premios, se trata de una historia que no debe ser condenada al olvido; como audiencia, es nuestra responsabilidad mantenerla viva y abrir los ojos a historias que nos incomodan y que nos muestran que el mundo poco a cambiado desde el último siglo.
8/10

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