El Panteón Francés de Puebla no es sólo un camposanto en donde descansan los difuntos, sino un lugar histórico que da cuenta de cómo se sanaron las heridas de la intervención francesa en México.

De acuerdo con el recuento del patronato de la Beneficencia Francesa, Suiza y Belga de Puebla, el Panteón Francés se comenzó a construir en 1896 para albergar los restos tanto de combatientes franceses como de mexicanos.

Es por ello que el corazón del panteón es el monumento a La Paz y Reconciliación Franco-Mexicana, cuya historia está marcada por la visita del expresidente Porfirio Díaz Mirón para colocar la primera piedra del panteón e inaugurar un monumento conmemorativo en 1901.

Según información del patronato, entre 1862 y 1867 cuando se desarrolló la guerra, se abrieron unos 11 panteones para soldados mexicanos y franceses, pero ante el abandono se decidió contar con el inmueble de Puebla en donde se reubicaron unos 5 mil restos.

El terreno fue donado por las entonces autoridades de la ciudad, se decidió ubicarlo a un costado del Panteón Municipal y el emblemático acceso que hoy se conoce se construyó a propósito de la inauguración del monumento que haría Díaz Mirón.

Además del recordatorio de la paz entre Francia y México, el panteón se convirtió en un espacio de criptas con un valor artístico y arquitectónico reconocido incluso por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

El patronato también ha dado cuenta de cómo se convirtió en el espacio para albergar los restos de poblanos de familias de abolengo que fallecieron en el Siglo XX y que eran representantes de la vida política, social y religiosa.

Entre ellos, destacan por ejemplo el empresario William O. Jenkins, fallecido en 1963 y su esposa Mary Street, fallecida en 1958 cuyos restos se encuentran en una parte del panteón que alberga un jardín.

Desde 1952 están ahí también los restos del escritor e historiador alemán Hugo Leicht Meyer, quien entre otros temas, se dedicó a estudiar la historia de las calles de la ciudad de Puebla.

Asimismo, en una parte del panteón se recuerda a los franceses que vivieron en Puebla, pero perdieron la vida en combate durante la Primera Guerra Mundial que se desarrolló entre 1914 y 1918.

Como en todo panteón, también hay historias de fe y creencia como la de Rosa Luisa Carranza, una niña que murió a los 10 meses en 1901 y cuyos padres le mandaron a hacer una estatua que, se cree, es milagrosa.

En cuanto al arte y la arquitectura del Panteón Francés de Puebla, historiadores han destacado el uso de materiales como el mármol de Carrara, mármol mexicano, piedra poblana de Chaltocan e incluso de la tradicional talavera.

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