Los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) 2025 plantean un panorama poco alentador. En México, el escenario resulta especialmente preocupante: en matemáticas, siete de cada diez estudiantes de 15 años no alcanzan el nivel básico de desempeño, en lectura y ciencias alrededor de la mitad de los estudiantes queda por debajo del nivel básico, además, prácticamente nadie llega a los niveles más altos: apenas uno de cada mil estudiantes llegó al nivel 5 de 6 en matemáticas, 2 de cada mil en ciencias y una cifra similar en lectura. Pero detrás de los números quizá sea necesario preguntarnos: ¿qué hacen nuestros jóvenes con lo que saben?
Esa pregunta está en el origen de la prueba. PISA no pregunta cuánto recuerdan los estudiantes de lo que vieron en clase, sino si pueden usar lo aprendido en situaciones nuevas, dentro y fuera de la escuela: comprender y evaluar un texto, distinguir entre opinión y hecho, resolver una situación con razonamiento matemático explicar un fenómeno o interpretar evidencia científica. En esta edición se sumó, además, la evaluación de Aprendizaje en el mundo digital, que mide si los estudiantes pueden construir conocimiento y resolver problemas con herramientas digitales, regulando ellos mismos su proceso.
Haber aprendido una formula y memorizarla no es lo mismo que reconocer cuándo usarla. Conocer una definición no equivale a poder emplearla para interpretar una situación. Durante mucho tiempo la pregunta educativa fue "¿qué sabes?". Hoy hay que agregar otra: "¿qué puedes hacer con lo que sabes?"
Y hoy importa más que nunca. Jamás habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, paradójicamente, jamás había sido tan necesario distinguir entre conocimiento, opinión, evidencia, error y desinformación. Encontrar una respuesta en internet no la vuelve verdadera. Que una inteligencia artificial explique un problema tampoco garantiza que la explicación sea correcta. Para usar estas herramientas con responsabilidad se necesitan conocimientos previos, criterio y capacidad de juicio. Esto no vuelve inútil el conocimiento, lo vuelve más importante.
¿Qué dicen entonces estos números? Que el problema no es solo de contenidos. Estar en los niveles -1, 1 y 2 de los 6 que plantea la prueba no significa no saber nada; significa que lo que se sabe no se activa con la consistencia suficiente para interpretar situaciones, usar evidencia o resolver algo que exige más que repetir un procedimiento conocido.
Además, que uno entre mil llegue a los niveles superiores indica otro problema: formamos muy poco a quienes pueden movilizar su conocimiento ante situaciones complejas y nuevas.
Si un estudiante puede repetir una definición, pero no usarla; si resuelve un ejercicio conocido, pero no sabe qué estrategia elegir ante uno distinto; si encuentra información, pero no sabe si es confiable; si recibe una respuesta de una IA pero no puede juzgar si tiene sentido, entonces, el reto educativo está en articular la adquisición de conocimientos con el desarrollo de competencias que permitan a los estudiantes utilizarlos, relacionarlos y movilizarlos ante situaciones diferentes.
El desafío de México, por tanto, no es transmitir más contenidos, sino formar personas que sepan preguntar, comprender, relacionar, analizar, argumentar y decidir; que usen una herramienta sin delegar en ella su capacidad de pensar; que reciban una respuesta sin aceptarla de inmediato. Eso exige evaluar en el aula con problemas distintos a los ejercicios repetidos, formar docentes para enseñar a razonar y no solo a transmitir, y enseñar a usar la IA con criterio en lugar de prohibirla o ignorarla.
Al final, se trata de que cada joven pueda preguntarse, incluso frente a lo que cree saber: ¿cómo sé que esto es verdadero y como puedo usarlo para resolver problemas?
PISA 2025 es más que una tabla de posiciones. Es una oportunidad para revisar qué entendemos por educar y un recordatorio para preguntarnos: ¿qué saben hacer nuestros jóvenes con lo que saben?
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