En México, a la primavera normalmente se le relaciona con la vida: las flores brotan, los paisajes se vuelven verdes y los días son más largos. Pero también es el comienzo de una de las temporadas más peligrosas para nuestros ecosistemas: la temporada de incendios forestales. Y este año los datos nos invitan no sólo a preocuparnos sino a reflexionar. De acuerdo con el último reporte de la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR), del 1 de enero al 23 de abril de 2026, se han registrado 3,118 incendios forestales en todo el país. El número, aparentemente alarmante, requiere contexto.

No todos los incendios tienen el mismo impacto, ni todos significan una pérdida irreversible. Hay un dato que vale la pena subrayar: el 95% de la superficie afectada corresponde a vegetación herbácea y arbustiva, que tiene una capacidad de regeneración relativamente rápida. Solo en el 5% se han visto afectadas las zonas arboladas, donde los daños suelen ser más profundos y duraderos en el tiempo. Esto no minimiza el problema, pero sí matiza la narrativa catastrofista que suele acompañarlo.

Más aún, un matiz alentador se desprende cuando se cotejan estas cifras con años recientes. En 2021, por ejemplo, se registraron más de 5,400 incendios. Lo que indica que algo se está haciendo bien con la reducción actual: mejores sistemas de detección, una respuesta más eficiente y, sobre todo, el trabajo incansable de miles de brigadistas. Este año se han destinado más de 106 mil días-persona a combatir estos siniestros. Detrás de cada número hay trabajo, hay riesgo y hay compromiso.

Los incendios, sin embargo, no se producen de forma uniforme. Se enfocan en regiones específicas: Los estados con mayor número de eventos fueron: Estado de México, Jalisco, Ciudad de México, Michoacán, Guerrero, Puebla, Oaxaca, Chiapas, Morelos y Chihuahua. Mientras que, Guerrero, San Luis Potosí, Oaxaca y Jalisco, entre otros, son los estados que han tenido mayor superficie afectada. Este mapa no sólo orienta la estrategia institucional, sino que también señala con claridad dónde es más urgente la prevención ciudadana.

Y es aquí donde la conversación tiene que cambiar porque más allá de los datos, existe una realidad incómoda: la mayoría de los incendios forestales se pueden prevenir. La mayor parte de los incendios forestales no son de origen natural, sino producto de la impronta humana. Una hoguera que no se apagó bien, el cabo de un cigarrillo, una quema de tierras para la agricultura que se salió de los límites previstos.

Otro aspecto positivo que muestra el reporte es que el 64% de los incendios han sido controlados en menos de un día. Esto habla de una capacidad de reacción firme, pero apoyarse sólo en la respuesta es en el fondo una estrategia incompleta. La batalla verdadera se gana antes de que aparezca el fuego.

No sólo el gobierno ni los brigadistas deben cuidar los bosques; es una tarea de todos. Los bosques no son un lujo de paisaje, son infraestructura natural. Controlan el clima, capturan carbono, sostienen el ciclo del agua y protegen la biodiversidad. O sea que sostienen nuestra vida cotidiana, aunque no siempre lo notemos.

Hoy tenemos motivos para ser optimistas: instituciones mejor preparadas, datos más claros y ecosistemas notablemente resilientes. Pero el optimismo no debe confundirse con autocomplacencia porque, al final, la mejor noticia no es cuántos incendios se consiguen controlar, sino cuántos conseguimos evitar.

Referencia: Reporte Semanal Nacional de Incendios Forestales del 01 de enero al 23 de abril del 2026,

CONAFOR.

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