Y ahora Ormuz. El estrecho de Ormuz. Esa franja delgada por donde pasa casi el 20% comercio de hidrocarburos a nivel mundial. Casi nada. Tiene un par de días que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, decidió que ese territorio era ya terreno, posesión, de los Estados Unidos de América. Proyectó un mapa con denominación en inglés y, según él, la bandera de las barras y las estrellas ondea ya en ese lugar de Asia central. El mundo según Trump. Un planeta en el que todo es posible -en su mente, claro- y donde las palabras pueden sustituir a los hechos comprobables.
Lo cierto es que, en el caso del señor Trump, la narrativa, el verbo, le han ayudado muy significativamente a vencer obstáculos y a alcanzar sus objetivos. Gracias al ensuciamiento verbal ha podido incluir, en los asiduos visitantes de la isla de Epstein, a personajes tan notables como Bill Gates o el pensador Noam Chomsky. De esta manera su propia presencia, la de Trump, ha quedado hábilmente diluida y disipada. Una isla en que, recordemos, durante muchos años se cometieron abusos sexuales y otros delitos.
La narrativa también ayudó a Trump a desembarazarse -previa presión a un juez federal- de la acusación y condena por un delito de abuso sexual en plena campaña de verano 2024 de cara a la contienda presidencial.
Y ha quedado muy claro que, en cuanto el presidente de Estados Unidos se sentó en la silla presidencial, buscó ir ganando, en política exterior, todos los puntos de popularidad que iba perdiendo en la gestión de los asuntos domésticos, los que de verdad le interesan a los ciudadanos norteamericanos.
Descabezó a Nicolás Maduro, de la silla presidencial de Venezuela, pero mantuvo en el poder a su mano derecha, Delcy Rodríguez, para prolongar un régimen corrupto y saqueador, cuyos dividendos navegan ya hacia la Unión Americana.
Amenazó con arrebatar a Dinamarca, la isla de Groenlandia, alegando que los europeos no garantizaban, en modo alguno, la seguridad de ese territorio. Nada pasó. También quiso incorporar a Canadá como un estado más de la unión americana. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, todavía se está riendo.
Presionó al presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, con dejar de suministrarle armas -desde la OTAN y desde la Unión Europea- sino cedía el 20% de su propio territorio, invadido, desde hace 4 años, por las tropas del presidente ruso Putin.
Y, cada semana, amenaza a Cuba con una intervención militar que ampute del poder al presidente Díaz Canel, así como a lo que queda de la dinastía Castro.
También tiene tiempo para México, externando sus fervientes deseos por intervenir en nuestro territorio y erradicar los presumibles tentáculos del crimen organizado.
Ahora le tocó al estrecho de Ormuz, territorio que nunca será suyo, a no ser que decida regarlo con la sangre de decenas de miles de soldados norteamericanos.
Narrativa muchas veces, hechos concretos muy pocas. Mientras el reloj avanza, inexorablemente, hacia las elecciones de medio término de noviembre próximo. Y Trump sigue en un triste 30% de aprobación. Tic, tac, tic, tac…
























