Se siente en casa. No lo está, pero como si lo estuviera. Para Donald Trump, la Asamblea General de las Naciones Unidas, la ONU pues, es su casa, su teatro, su lugar de esparcimiento. Le sucede algo parecido con la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN). Siente que son suyas estas organizaciones. Estos días, en Nueva York, al presidente de los Estados Unidos, le ha dado tiempo a todo. Veamos.

El señor Trump tomó el micrófono y lo primero que afirmó, con rotundidad, fue que no era aceptable compartir decenas de miles de kilómetros con un país, México, donde campan a sus anchas las células de crimen organizado. Tardó pocas horas la presidenta de nuestro país, la Dra. Claudia Sheinbaum, en aseverar que tampoco era admisible compartir frontera con un país que está en el vértice del consumo de drogas y de la producción de armas.

Bueno para los impactos mediáticos, Trump se dio un espacio para retratarse con la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, presumiendo de lograr -entre ambas naciones- un considerable incremento en la producción, transporte y venta de hidrocarburos. Nadie preguntó por la democracia de aquel país, por la separación de poderes, ni por los derechos y libertades de sus ciudadanos.

Echando mano de la chequera, el presidente de Estados Unidos firmó un acuerdo bilateral con Groenlandia y con Dinamarca -hemos de recordar que Groenlandia es una isla que pertenece al reino de Dinamarca- y se adjudicó la potestad de instalar bases militares en dicha isla. Todo por evitar que hasta allí lleguen los tentáculos militares de China o Rusia.

Ya enrachado y recurriendo a su habitual fanfarronería, Trump volvió a amenazar -una vez más- a la República de Irán con su completa aniquilación, si el gobierno del país persa no se aviene a negociar el plan de paz propuesto por Estados Unidos. Otro farol que, en cualquier caso, no tendrá comprobación posible hasta después de las elecciones de medio término de noviembre próximo, tal y como lo matizó el mandatario norteamericano.

En resumen, una intervención en el seno de la ONU, en la que Trump volvió a presumir sus grandes acciones -según él, claro- en política exterior. Volvió a lamentarse, como novia plantada en el altar, de no haber recibido, todavía, el Premio Nobel de la Paz. Ajá.

Pero, en cuanto se suba a su Air Force One dirección la Casa Blanca, Donald Trump se volverá a dar cuenta que esa narrativa de presunción no le ayuda, ni un centímetro, para elevar su paupérrimo porcentaje de aprobación – en torno al 30%- de cara a los comicios de las elecciones intermedias.

Porque el norteamericano promedio está mucho más interesado en el descontrol de la inflación, en lo elevado de las tasas de interés y en los incrementos de la canasta básica, que en lo que pueda suceder en lugares tan remotos como Irán o Venezuela.

Y, sin duda, tampoco ayuda el hecho de que los medios de comunicación de Estados Unidos, empiezan a boicotear, en bloque, el cercenamiento de la libertad de expresión que cada día, lleva a cabo el señor Trump. Tiene tarea el inquilino de la Casa Blanca si quiere que su movimiento MAGA (Make America Great Again) perdure en el tiempo.

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