Sorpresón. Sin duda una gran sorpresa la victoria de Luiz Inacio Lula Da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil. Será presidente, por cuarta vez -cuarto mandato presidencial, no consecutivo-, a los 81 años, una edad en la que la mayor parte de los estadistas se dedican a escribir sus memorias y a cobrar muchos miles de dólares por impartir conferencias de geo-política internacional.
Cuando todo parecía -tras los resultados de la primera vuelta, del pasado 4 de octubre, en la que el derechista Flavio Bolsonaro logró aventajar a Lula en más de dos millones de votos- que Brasil caería rendida a los brazos de otro presidente derechista, Lula logró imponerse en las urnas al lograr movilizar a un enorme porcentaje de indecisos que no se habían animado a acudir a las en la primera vuelta.
Nada más y nada menos que 15 millones de votos -del bloque de indecisos- ha logrado cosechar en esta segunda ocasión, para totalizar una bolsa de 64 millones de votos y casi 52% de los sufragios emitidos. Por su parte Bolsonaro, el líder del Partido Liberal (PL) se quedó en casi 60 millones de votos y un porcentaje de 48%.
Tal vez lo más sorprendente fue lo que ocurrió después. Apenas transcurridas 24 horas de la elección presidencial, el lunes 26 de octubre, el juez Alexandre de Moraes emitió una resolución para que Flavio Bolsonaro entregara su pasaporte, en el contexto de una investigación por presunto lavado de dinero relacionado con unas apuestas en línea.
Ni corto ni perezoso, Bolsonaro agarró sus maletas y, en compañía de su esposa e hijos, abandonó Brasil subido a un avión, en vuelo clandestino. Tras atravesar el espacio aéreo de la Argentina de su amigo -diríamos mejor, cómplice- Javier Milei, presidente de aquella nación, Bolsonaro llegó a Miami para arrojarse en brazos de su mentor y principal financiador de su campaña política, Donald Trump.
Enseguida el presidente de Estados Unidos se apresuró a reforzar la tesis de Bolsonaro quien afirmó ser el presidente legítimo de Brasil. Poca credibilidad para quien dejó atrás, lamentándose en una cárcel, a su padre el expresidente Jair Bolsonaro, quien purga 27 años de cárcel por intento de golpe de estado, precisamente contra el propio Lula.
A partir de ahora Lula asumirá el reto. Un reto complejo que consiste en sacar de la pobreza a varios millones de brasileños, excluidos del crecimiento económico y de los modelos de globalización en los que está inserta la nación carioca. Para ello requerirá inversiones serias y prolongadas que sustenten y consoliden ese crecimiento económico. Y deberá hacerlo desterrando, de una vez por todas, las prácticas de corrupción que habían salpicado buena parte de sus anteriores gobiernos.
Por lo pronto, desde los Estados Unidos, se lamenta Mr. Trump que ve cómo se le escapa, como agua entre las manos, la joya de la corona de su famosa Doctrina Monroe. Veremos si los resultados de las próximas elecciones de medio término, en Estados Unidos, no transforman sus lamentos en alaridos de absoluta desesperación.























