¡Al carajo la empatía! Son las dos palabras de moda y el centro de la polémica. La primera porque incendió a la opinión pública y sobre todo las redes, cuando el presidente respondió colérico a la pregunta de por qué no había ido a testimoniar la tragedia de la Línea 12 del Metro: “¡Porque ese no es mi estilo! Eso tiene que ver más con lo espectacular y lo que se hacía antes. No me gusta la hipocresía. Estoy pendiente, estoy solidarizándome con los familiares de las víctimas. Me duele mucho, pero eso no es de irse a tomar fotos: eso ya también ¡al carajo! con ese estilo demagógico e hipócrita. Eso tiene que ver con el conservadurismo”.

A ver: cada quien tiene derecho a opinar sobre estas expresiones —para mí, enfermizas del Presidente— que sin duda lo marcarán para siempre. En lo que todos tendremos que estar de acuerdo, es que Andrés Manuel López Obrador siempre renueva nuestra capacidad de asombro. Cuando ya creemos haberlo visto y oído todo de él, sale con otra ocurrencia que nuevamente nos rebasa y nos golpea. Así pasó con el “carajo”. Que fue superado horas después por un presidente exultante a punto de devorar un manjar de tlayudas en Oaxaca; él, que detesta las fotos. Luego nos restregaría en la cara los videos de sus obras faraónicas de miles de millones —todas en su sureste— mientras el país se debate en una crisis sin dinero en la calle y sin empleos. Pero eso no fue nada. Porque el lunes 10 de mayo volvió a asombrarnos y a indignarnos con un acto de prestidigitación de circo viejo, inédito en el Palacio Nacional: esta es la mañanera; ahora la ven… y ahora no la ven, porque para todas las madrecitas, cáigase el telón porque ahí les va un concierto.

Porque a mí no me importa que no haya pasado ni siquiera una semana de cuando perdieron la vida madres e hijos en la tragedia del Metro, cuando le mostré mi solidaridad… a Claudia Sheinbaum. Porque a mí no me importan las que marcharon y llegaron a las puertas del Palacio donde yo aplaudía; las que fueron “atendidas” por mis incondicionales en plena banqueta, pero sin invitarlas a pasar; las que pidieron que yo las recibiera como si tuviera tiempo para eso; las que cargando con nombres y fotos de sus hijos desaparecidos siguen gritando “¡Hijo, escucha, tu madre está en la lucha!”; las que no obedecieron mi decreto de fiesta e insistieron en que el día de las madres, era un día de protesta.

Porque a mí no me importan las miles que se manifestaron hace un año. “Ah, me dijeron que hubo una marcha ¿verdad?”, ni las que se quedaron sin las nueve mil estancias infantiles que mandé cerrar; ni a las que les he negado los medicamentos para el cáncer de sus hijos; ni las que se quedaron sin empleo porque dije que no a los créditos para pequeñas y medianas empresas.

Todo lo mencionado referido a una palabra que el Presidente detesta o que no ha podido aprender: empatía. Que es la aceptación del otro. Aunque no sea como tú, aunque no piense como tú. Que es también la capacidad de meterse en la piel del otro, en las entrañas del otro, en el dolor del otro. Para comprenderlo, para aceptarlo y hasta para amarlo.

Empatía deseable como rasgo común de la existencia humana. Pero absolutamente exigible a quien nos gobierna. Que lo haga para todos. No solo para quienes le profesan idolatría y obediencia ciega. Nunca más debemos aceptar que no le importamos. Ni tiene derecho a hacerlo. Ni nos lo merecemos ninguno de nosotros. 


Periodista.
ddn_rocha@hotmail.com

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