Las redes sociales cambiaron al mundo, eso es un hecho. El debate es si lo hicieron para bien o para mal, y años recientes han inclinado la balanza hacia el lado negativo. En el lejano 2004, un joven Mark Zuckerberg creó Facebook desde las paredes de Harvard, y aunque el origen de la red social se remonta a calificar los rostros de sus compañeras, el crecimiento del Internet y una alianza con Microsoft le permitió al sitio web crecer exponencialmente hasta reclamar el trono de las redes sociales e inaugurar un movimiento de interconexión social a nivel global, el cual se transformó en una avalancha con repercusiones inimaginables.
En 2010, cuando los desarrolladores tecnológicos como Zuckerber y Jobs eran las nuevas superestrellas del mundo, el director Davin Fincher y el guionista Aaron Sorkin presentaron un filme basado en la historia de origen de Facebook. Así, La Red Social se convirtió en un filme que arrasó con la temporada de premios al retratar la historia detrás del sitio web en su versión más cínica y seria, con un Mark Zuckerberg, interpretado por Jesse Eisenberg, que no dudó en pisotear a cuantos pudo por llegar a la cima con una herramienta de infinito potencial para crear y destruir.

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Catorce años después, tras la publicación de The Facebook Files por el Wall Street Journal y el fatídico resultado de la insurrección al Capitolio de los Estados Unidos incitada por Donald Trump, ambos hechos acontecidos en 2021, Fincher y Sorkin hablaron públicamente sobre la posibilidad de hacer una secuela espiritual de La Red Social, la cual abordaría las consecuencias políticas y sociales de la página web en la sociedad estadounidense tras una serie de decisiones egoístas tomadas por Zuckerberg y su comité, como fue expuesto por el periodista Jeff Horowitz.
A pesar del entusiasmo, Fincher decidió retirarse de la película - una especulación respecto al motivo será abordada durante la reseña -, dejando a Sorkin como el guionista y director del proyecto, el cual obtuvo luz verde en 2025. Un año después, en medio de un panorama digital lleno de polarización política, con las redes sociales utilizándose como armas de campaña, propaganda y bastiones ideológicos, el filme finalmente llegó a las salas de cine. ¿Qué tiene que decir el filme sobre Facebook en estos tiempos tan complicados?
Así llega El Poder de la Red. Dirigida por Aaron Sorkin (El Juicio de los 7 de Chicago, Steve Jobs) y protagonizada por Mikey Madison (Anora, Scream 5), Jeremy Allen White (La Garra de Hierro, The Bear), Jeremy Strong (El Aprendiz, Los Caballeros), Bill Burr (El Mandaloriano, Breaking Bad) y Wunmi Mosaku (Deadpool & Wolverine, Pecadores).
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En este drama biográfico, seguimos la historia de Frances Haugen (Mikey Madison), una científica de datos que trabajaba en Facebook en 2019. Cuando Haugen se da cuenta de que el algoritmo de la red social radicaliza a la población, acude con el periodista Jeff Horowitz (Jeremy Allen White) para contárselo al mundo. Por otro lado, en 2021, Mark Zuckerberg (Jeremy Strong) lidia con el fatídico día de la insurrección en el Capitolio de los Estados Unidos.
Restricciones. El gran problema con El Poder de la Red es que la película trabaja alrededor de muchas restricciones, las cuales muy probablemente fueron las razones que motivaron la salida de David Fincher del proyecto.

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En una breve comparación, aquello que motivó el éxito de La Red Social en 2010 no solo fue el retrato biográfico de uno de los empresarios en ascenso más importantes del mundo, sino que el filme intentaba retar a la audiencia con un thriller legal de implicaciones morales, éticas y tecnológicas. Los personajes se desenvolvían como bastiones ideológicos en un mundo donde la globalización estaba por llegar a uno de sus puntos más importantes, lo cual implicaba que cada diálogo e interacción tenía un peso más importante, pues eran perspectivas del mundo y de los negocios impactando entre sí para guiar a la audiencia hacia un debate sobre el presente y las posibilidades futuras de la red social, tanto negativas como positivas.
El Poder de la Red no tiene nada de esto. El guion y su estructura narrativa únicamente funcionan para darle un rostro a la investigación periodística hecha por Jeff Horowitz y Frances Haugen, pero no como un medio para plantear un debate específico o introducir ideas que reten a la audiencia para cuestionar las intenciones e implicaciones de la aplicación que todos llevamos en nuestros celulares, sino que el filme es una colección de secuencias que representan hechos en el quehacer periodístico para construir un artículo, pero no para entender su contenido.
De esta manera, la película empieza con un caso particular que rápidamente nos introduce al escenario general, pero el enfoque se mantiene ahí, manejando el problema como una serie de datos estadísticos cuyas alarmas rojas solo se presentan en referencias comunicadas a través del diálogo. La desconexión con el punto de vista social resulta irónica, pues la audiencia se queda con el papel y no con una prueba emocional, como el cine puede ofrecer, para respaldar la idea.
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Lo anterior se vuelve aún más problemático hacia el acto final del filme, donde se implica el rol de Facebook en la insurrección del Capitolio de los Estados Unidos, pero ese es el problema: se implica. Es de conocimiento público el rol que tuvo la red social en la movilización de masas a través de la cuenta de Donald Trump para cometer uno de los mayores actos de traición gubernamental en norteamérica, pero el filme no toma una posición ni le interesa crear una discusión alrededor, sino que solo reconoce que algo pasó en 2021, y la red social quizá tuvo algo que ver.
Esta simpleza narrativa hace que el filme termine hueco. Lo convierte en un complemento visual de una serie de reportajes que son mucho más importantes y que sí contienen el verdadero potencial de contar este tipo de historia.
Como experiencia cinematográfica, la película se sostiene por dos elementos: la dinámica entre sus dos actores protagonistas y la edición. En el primer punto, Mikey Madison y Jeremy Allen White hacen un excelente trabajo; su dinámica siempre es interesante en pantalla, sin importar que las secuencias en las que participan sólo sean de exposición, pues ambos hacen que sus diálogos destaquen gracias a sus interpretaciones.
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Por otro lado, la edición es la mejor parte de la película. Aunque sencilla, el filme decide dividir su narrativa en distintos periodos de tiempo que vamos visitando sin una cronología definida, lo cual hace que el suspenso crezca de forma natural y la audiencia pueda sentir interés por descubrir la siguiente pieza del rompecabezas.
Más allá de eso, el aspecto técnico cumple su papel. La cinematografía, la iluminación, colorización y diseño de producción no destacan como lo hicieron en el filme de Fincher, pero cumplen lo suficiente como para mantener el interés en la pantalla.
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Al final, El Poder de la Red es un acompañamiento simple tanto para La Red Social como para los reportajes originales de Jeff Horowitz. El filme es un retrato interesante sobre el proceso periodístico de una de las historias más importantes de nuestros tiempos, pero falla en comprender el potencial narrativo que tiene en manos, limitándose a retratar hechos en lugar de profundizar y generar un diálogo mucho más retador. A pesar de lo anterior, las actuaciones y la edición hacen que el filme sea disfrutable y valga la pena verse para adentrarse en el tema.
7/10

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