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La Muerte de Robin Hood

Una reimaginación interesante, pero que hace muy poco con propuestas que ya se han visto antes

La Muerte de Robin Hood | Foto: A24

El legendario forajido Robin Hood es una de las figuras más famosas dentro del folklore de Inglaterra, cuya mítica historia de un héroe que vela por los humildes al entregarles las riquezas robadas de los poderosos ha trascendido fronteras y medios, consolidándose como una de las figuras literarias más reconocidas de todo el mundo, recibiendo un sinfín de adaptaciones en la literatura, la televisión, el teatro y el cine, muchas veces hasta regionalizando la leyenda.

Sin importar la versión, la historia se mantiene constante con ciertos detalles, como la bondad desinteresada de Robin Hood, la lealtad de su compañero Little John, las vestimentas verdes, su hogar en el bosque, el desafío a la tiranía de las autoridades, entre otras cosas. En años recientes, a estas características se le ha sumado un tono realista que trata de dotar al personaje de una humanidad mucho más compleja; aunque, por otro lado, también existe un acercamiento mucho más ficcionado en el área de la acción, con Robin siendo un forajido mucho más similar a los héroes de acción hollywoodense.

En este contexto, el director Michael Sarnoski demostró su interés por crear una reimaginación mucho más seria y oscura del personaje, en donde abordaría las consecuencias de sus acciones tras años de aventuras, retratando a Robin Hood como un falso héroe.

Así llega La Muerte de Robin Hood. Dirigida por Michael Sarnoski (Pig, Un Lugar en Silencio: Día Uno) y protagonizada por Hugh Jackman (Las Ovejas Detectives, Deadpool & Wolverine), Jodie Comer (28 Años Después, El Último Duelo), Bill Skarsgard (Nosferatu, Eso), Murray Bartlett (The Last of Us, The White Lotus), Faith Delaney (Hamnet, Wicked: Por Siempre) y Noah Jupe (Ford v Ferrari, El Hijo del Carpintero).

En este drama ubicado en la Inglaterra de 1247, seguimos la historia de Robin Hood (Hugh Jackman), un violento forajido que vive atormentado por su pasado y los descendientes de sus víctimas. Cuando una última aventura con Little John (Bill Skarsgard) lo deja al borde de la muerte, Robin llega a manos de la hermana Brigid (Jodie Comer), quien lo hará cuestionarse sobre la redención.

Hugh Jackman interpreta una versión mucho más brutal y derrotada del clásico personaje, pero su trasfondo poco influye en la historia | Foto: A24

El mayor problema con La Muerte de Robin Hood es que se presenta como una reinvención innovadora y atractiva para el personaje, pero realmente no lo es. La historia nos expone una desviación oscura del cuento clásico, con Robin ahora como un asesino y ladrón que ha matado a cientos de personas a lo largo de los años únicamente por su dinero, siendo ahora atormentado por sus acciones y cazado por los incontables descendientes de sus víctimas.

A partir de aquí, la trama se desenvuelve en dos partes: Robin regresando a las andadas en una última aventura donde desea encontrar una muerte digna tras una vida sin sentido, y Robin tratando de descifrar si merece algún tipo de redención.

El filme aborda una clásica historia de redención, la cual se vuelve predecible durante la segunda mitad de la historia | Foto: A24

La primera parte es, sin duda, la más interesante en términos de historia y ejecución. La idea de Robin como un prófugo sin paz ofrece una introducción muy atractiva con una dinámica diferente, pues el personaje se enfrenta a las consecuencias de su propia leyenda, arrastrando consigo a otros en un círculo vicioso que a él poco le importa hasta que la muerte lo visita. En esta sección, el ritmo es mucho más rápido, el tono más sombrío y la acción exageradamente violenta; estos tres elementos construyen alrededor del filme una máscara de madurez con la que intenta separarse por completo de la versión original con tal de destacar su propia seriedad.

Por otro lado, la segunda parte es completamente diferente. La película opta por un ritmo mucho más lento y contemplativo, con la historia de Robin abordando una serie de cuestionamientos sobre la redención, la cual, desgraciadamente, sólo se cuestiona de forma muy superficial. En esta sección, el filme se vuelve demasiado predecible con respecto al arco de los personajes, cuyas posturas ideológicas y personales, aunque fascinantes en concepto ante la idea inicial de la película, no aportan nada debido al poco interés del guion por profundizarlas.

Lo mejor del filme está en las dinámicas de los personajes, donde se aprovecha el tiempo para reflexionar sobre las consecuencias de sus actos | Foto: A24

Expandiendo lo anterior, y utilizando al personaje de Robin Hood como ejemplo, nos encontramos ante un personaje cuya introducción no es más que la punta del iceberg de una vida de crímenes y pecados, los cuales intentan ser redimidos con una sola acción en una fracción de tiempo. El debate se escribe solo y los personajes que lo orbitan tienen su propia perspectiva que suma al conflicto, pero la película decide ir por el lado más sencillo de la narrativa y presenta una solución definitiva al cuestionamiento que llega a traicionar su propia madurez.

A lo anterior se suma el hecho de que el elemento de Robin Hood dentro de la historia no es necesario. El personaje está tan modificado que se le podría cambiar el nombre y el filme continuaría funcionando a la perfección tal y como está. Esto implica que la deconstrucción del personaje original se perdió en el camino, dando como resultado una historia genérica de redención con una ejecución aceptable.

Afortunadamente, las actuaciones son lo mejor del filme. Hugh Jackman como Robin Hood carga sobre sus hombros todo el peso dramático y narrativo del filme, y lo hace de una forma especial, con una interpretación que por momento recuerda a lo mejor de Logan (Dir. James Mangold, 2017) con un toque mucho más sentimental.

Por su parte, Jodie Comer es un contrapeso perfecto para la actuación de Jackman. Dentro de la gentileza y paz del personaje de Comer, se encuentra una narrativa alterna sobre el duelo y el arrepentimiento que se comunica a través de sus ojos y pequeñas acciones, construyendo un personaje interesante que cobra mucha importancia hacia el final del filme.

Jodie Comer es un gran contrapeso a la actuación de Jackman durante el filme, entregando un conflicto interesante | Foto: A24

Además, Bill Skarsgard y Faith Delaney cumplen sus roles como personajes de reparto de forma efectiva a lo largo del filme. Como detonante de la historia, Skarsgard se vuelve una cicatriz importante que ofrece matices a la mente del personaje de Jackman, mientras que Delaney se vuelve el centro del cuestionamiento sobre la redención.

En niveles técnicos, el filme cumple con una cinematografía impresionante que hace que cada uno de los sets luzca asombroso. Los departamentos de arte, diseño y maquillaje se esforzaron para recrear la época. La iluminación opta por una transformación de tonos fríos hacia cálidos acordes al viaje de los personajes, y la dirección es efectiva.

Al final, La Muerte de Robin Hood es un experimento a medias. Si bien es una historia de redención que cumple muy bien su función, poco hace para debatir su tema central y opta por los caminos más transitados al momento de resolver los conflictos. La figura de Robin Hood, aunque presentada de forma intrigante, poco aporta al relato y se pierde en una historia que ya ha sido contada muchas veces. A pesar de lo anterior, las actuaciones y la buena ejecución general de la película hacen de La Muerte de Robin Hood un film aceptable que pudo ser algo especial.

8/10

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