Sí señor. Claro que sí. Así nos despedimos de este Mundial de Futbol 2026, el tercero del que fuimos sede. Con la frente en alto. Con nuestra dignidad y nuestro orgullo absolutamente intactos. Mirando hacia delante, sin nada que reprocharnos, ni nada por lo que arrepentirnos. Dejando una imagen pulcra y sensacional, demostrando al mundo una vez más, de lo que somos capaces cuando nos lo proponemos y cuando estamos unidos.

México dijo adiós a este mundial al caer derrotado, 3-2, ante una Inglaterra que, sin hacer un futbol espectacular, sí demostró tener unos centímetros de mayor calidad futbolística. Los Bellingham y Kane hicieron gala, en pocos minutos, de un don para aprovechar las escasas ocasiones de gol que tuvieron. El combinado nacional se sobrepuso, por dos veces, a un marcador adverso. Buscó, luchó y siguió buscando pero, al final, no encontró la llave que nos hubiera dado el acceso a los siempre ansiados cuartos de final. Olimpo reservado para los 8 mejores equipos del mundo.

La verdad es que eso no fue lo más importante. Lo trascendental, en realidad, fue que, una vez más, demostramos la musculatura y la jerarquía del enorme país que somos.

Para empezar podemos estar muy orgullosos de ser la única nación en albergar, por tres veces, una copa del mundo de futbol. 1970, 1986 y, ahora 2026.

Así mismo podemos presumir de cohesionar, en un mismo plantel futbolístico, hasta 5 generaciones de futbolistas que persiguieron un mismo objetivo: la victoria. El técnico Javier “El Vasco” Aguirre, su principal ayudante Rafael Márquez -futuro director técnico del combinado nacional y, junto con Hugo Sánchez, el futbolista mexicano más laureado de todos los tiempos-, el arquero Guillermo “Memo” Ochoa, quien, junto con Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, el único futbolista en haber participado en 6 copas del mundo.

El delantero Raúl Jiménez, todo un ejemplo de resiliencia y de superación personal. Y, la joya de la corona, Gilberto Mora quien, a sus 17 años, no solo fue el futbolista más joven de todos los que participaron en este mundial, sino que lo hizo con un alto desempeño y asumiendo altísima responsabilidad en todo momento.

Y, lo más importante, estos jugadores y sus compañeros formaron una auténtica comunión con los mexicanos, con el pueblo de México. Como nunca antes se había visto, de hecho. Nadie criticó, en exceso, los planteamientos futbolísticos, las tácticas, ni las estrategias del cuerpo técnico. Nadie puso la puntilla sobre el rendimiento de los jugadores. Todo el tránsito de estas semanas fue muy armónico.

Durante casi un mes nos hicimos uno. Este país, México, dejó de lado sus diferencias políticas, socio-económicas, ideológicas o de cualquier otra índole y se unió, como nunca, en pos del sano objetivo de hermanarse en torno al deporte y en perseguir la meta común del triunfo.

Fue, además y sobre todo, un espacio de tiempo en el que demostramos al mundo que somos un excelente país anfitrión, capaz de ofrecer al extranjero lo mejor de nuestra hospitalidad y humanidad. A diferencia de nuestro vecino del norte, no le hicimos ascos a ninguna selección por su pensamiento político, su ideología y/o su religión.

Y, eso, sin duda, será nuestro triunfo, nuestro trofeo de copa del mundo. Gane quien gane este mundial, México ya ganó por todo esto. Todo el mundo fue mexicano este mes. Y, finalmente, ese es nuestro gran orgullo y nuestra enorme satisfacción.

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