Te hacen permanecer enganchado a las imágenes. Es lo que tienen las tragedias: generan poder de atracción y un inconfesable morbo. Los videos del desprendimiento de una masa de hielo de un glaciar, a unos 5.200 metros de altitud, precipitándose 1.200 metros hasta el fondo de un valle, provocando una avalancha de lodo, sedimentos y agua, son espeluznantes. A una velocidad de 180 kilómetros por hora, esa masa encontró cauce en el río Lhende, y fue a estrellarse, hace escasos días, contra decenas de casas de un rincón remoto del Himalaya.
De momento el saldo es de centenares de víctimas y miles de desaparecidos. Una tragedia que, en este caso, afecta por igual a turistas como a residentes de esta zona remota, frontera entre Nepal y Tibet. Sin duda este tipo de desastres son paradójicos. Viajar a Nepal, China, India, Pakistán o Tibet es caro. Pero, si además, el viaje tiene componentes de turismo de aventura, como el trekking, o alpinismo de altura, como es escalar algún pico de 8 mil metros, los precios se disparan.
Y eso es lo tremendo de estos temas. El ser humano, cada vez más, piensa que una tarjeta de crédito American Express Black -bien copiosa- y un teléfono inteligente de última generación, le pueden hacer inmune ante las desgracias. Pero nada más lejos de la realidad.
La naturaleza, sabia y cruel, nos pone en nuestro sitio cada vez que queremos sentirnos todopoderosos. A ciencia cierta el ser humano está cambiando su entorno desde los albores de la primera revolución industrial, a mediados del siglo XVIII. Las emisiones de dióxido de carbono, el inevitable cambio climático -se habla de que el hombre está transformando el clima con el famoso antropoceno-, la biogenética, la cuarta revolución industrial, internet, las redes sociales, la IA etc…
Todos estos cambios producen la inevitable sensación de que el hombre puede con todo. Pero lo cierto es que no es así. Tampoco lo fue cuando hace más de 100 años el crucero más lujoso de la época, el Titanic, envió al fondo del Atlántico Norte a casi 3 mil pasajeros por tropezar con un iceberg que se cruzó en su camino. Ni lo fue cuando un tsunami apocalíptico se llevó la vida de cientos de turistas, en las playas del Océano Índico, en Tailandia, en diciembre de 2004.
La naturaleza tiene sus tiempos, sus pasos y sus ritmos. Fenómenos como los sismos, las inundaciones, los tsunamis, las devastaciones que provocan los huracanes y los desastres de los últimos años, debido a la variación de la Corriente del Niño, nos recuerdan que la batalla que trata de ganar el ser humano cuando se enfrenta a la naturaleza es, siempre, una batalla perdida.
Y lo curioso es que, a no ser que las leyes de la física nos digan otra cosa, la Tierra es nuestro único hogar en los siguientes años y tal vez décadas. Pero nos empeñamos en maltratarla, en sojuzgarla y en imponernos a ella. Empeño estéril. Cada ciertos meses volvemos a perder la partida. Pero la evidente derrota no provoca aprendizaje, sino más bien, frustración y deseo de revancha.
Hoy cientos de turistas están entendiendo, debido a la crueldad de la devastación de la riada de Nepal y el Tibet, que la Tierra se cobra sus particulares venganzas cuando, con nuestra soberbia ilimitada, intentamos imponernos a ella.
Y eso es algo que los alpinistas tienen muy claro cuando ascienden una cumbre de más de 7 mil o de 8 mil metros y regresan con amputaciones de varios dedos de manos y pies. Ahí queda la huella, ahí queda la memoria. Ojala, también, el aprendizaje.
























