Dejo de lado, por un momento, el alud de acontecimientos lesivos para México, desde trágicos hasta grotescos, que se han multiplicado. Me valgo de este paréntesis (relativo) en la batalla nuestra de cada día y opto por traer una nota de respeto y aprecio, fuera de la siembra de odio que el caudillo y su confusa realidad nos proveen con largueza. El 18 de marzo se hizo homenaje a Carlos Payán. Periodista y político, recibió post mortem el saludo de la multitud durante la concentración convocada por el Ejecutivo en el Zócalo, colmada de claroscuros. El saludo a Payán figura entre los claros, muy escasos. Como estamos en días de guardar, me tomo la licencia de referir una anécdota personal que lo involucra. No ignoro diferencias en ideas, pero tampoco olvido la coincidencia en el amor a México. Reduzco las distancias, pongo las armas en receso y evoco al buen mexicano. Conviene hacerlo en medio de la borrasca y la confrontación. Y se vale en días de guardar. Conocí a Payán en los remotos tiempos de la Universidad. Era algunos años mayor que yo. Le acompañaba su esposa, Cristina. A veces concurríamos a un mismo espacio, que podía ser el teatro universitario o poesía en voz alta. Imaginábamos el porvenir, buscando la puerta de nuestra elección. Payán transitó la política y el periodismo. Asumió la dirección del diario La Jornada, en el que participaban escritores de mérito, entre ellos otro personaje de mi recuerdo: Miguel Ángel Granados Chapa, famoso por su columna “Plaza Pública”. También tuve amistad con Granados Chapa, no constante pero invariablemente grata. Coincidíamos en el público de la Filarmónica de la UNAM en la Sala Nezahualcóyotl, él con Shulamit, su esposa, yo con Carmen, la mía. Voy a la anécdota sobre Payán y Granados Chapa. Al cabo de mi desempeño en lides de gobierno, tuve algunos días de turismo laborioso. No busqué ni recibí noticias nacionales. Tampoco sufrí la nostalgia fulminante que padecen muchos exfuncionarios. Sólo me ocupé en pasear, mirar, descubrir, recordar, provisto de buenas lecturas y viajero de varios caminos. En fin, la amable tarea de respirar. Cuando regresé a México y retomé el mundo de las noticias, supe que un avieso representante popular norteamericano con quien yo había tenido incontables diferencias y cuyo nombre no mencionaré para no empañar estas páginas, se había volcado en mi contra con expresiones tan injustas como ofensivas. Aquel señor —así lo llamaré— dijo lo que quiso sobre mi desempeño en la oficina que ocupé hasta el final de 1988. Frente al agravio del maledicente hubo silencio de quienes debieron salir al paso, corregir y defender. Pero también hubo quien tomó mi defensa con celo y razón. Fue Granados Chapa, con quien jamás compartí tareas de política o gobierno. Y para ejercer esa defensa, Granados se valió de su columna en La Jornada, al amparo del director Payán. De vuelta en México, mi primera diligencia fue visitar a Carlos y a Miguel Ángel (doy constancia en mi autobiografía: Del Alba al Crepúsculo, Porrúa, 2022) y reconocer —yo, con gratitud— su espontánea expresión de justicia y amistad.

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