La historia del Cine Queer se remonta hasta los movimientos alternativos, underground y vanguardistas de la Europa de los años 30’s y 50’s, especialmente en el escenario francés, donde directores abiertamente homosexuales, como Jean Cocteau y Jean Genet, se aventuraron a crear historias que hablaban sobre lo homoerótico a través de imágenes oníricas y simbologías artísticas.

Directoras lesbianas como Ulrike Ottinger, Chantal Akerman y Pratibha Parmar ampliaron las perspectivas durante los 70’s y 80’s, donde la narrativa Queer optó por crear filmes contraculturales con base en las teorías feministas, apuntando a reflejar realidades que se mantenían ocultas detrás de sistemas machistas y heteronormados, donde los presupuestos eran mayormente destinados hacia filmes gays y guiones que intentaban presentar una imagen distinta de la comunidad ante el mundo normal.

Los cineastas independientes de Estados Unidos durante los años 90 fueron los encargados de romper con todos los moldes. Impulsados por una cultura que celebra el exceso y la exploración individual desde temprana edad, el movimiento se transformó en la New Queer Cinema, donde sus miembros cabalgaron contra el neoconservadurismo en una época previa a la apertura de la sexualidad de los 2010’s.

Con la insistencia de Hollywood por unirse al tema de la diversidad, las últimas dos décadas del Siglo XXI han sido un intento del mundo comercial para darle un escenario propio al Cine Queer, pero esto no ha salido como se esperaba. La tendencia capitalista por generar ingresos con cada cinta antes de impulsar el arte, el renacimiento del fascismo y el conservadurismo extremo, la apropiación de símbolos y narrativas para utilizarlos como una estrategia de marketing, y el descontrol de movimientos como la cancelación y lo woke, comenzaron a provocar un distanciamiento entre el Cine Queer y las audiencias casuales.

Sin embargo, la situación no impidió que nuevas voces comenzaran a brotar para contar historias LGBT+ con una perspectiva genuina, y entre sus nuevos exponentes está Jane Schoenbrun, quien saltó a la fama tras el estreno de su filme Vi el Brillo del Televisor (2024), producida por A24.

Ahora, Jane regresa con una nueva propuesta, la cual, declaró, busca ser una crítica sobre la historia trans en el cine, al mismo tiempo que es un homenaje a uno de los géneros más amados por Hollywood: el slasher.

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Así llega Adolescencia, Sexo y Muerte en el Campamento Miasma. Dirigida por Jane Schoenbrun (Vi el Brillo del Televisor, Todos vamos a la Feria del Mundo) y protagonizada por Hannah Einbinder (North Hollywood, Hacks), Gillian Anderson (Los Expedientes Secretos X, Tron: Ares) y Jack Haven (Bill y Ted salvando el Universo, El Escándalo).

En esta sátira queer, seguimos la historia Kris Williams (Hannah Einbinder), una joven cineasta contratada para revivir la vieja franquicia de horror conocida como Campo Miasma. Cuando Kris conoce a la actriz original del filme, Billy Presley (Gillian Anderson), comenzará a vivir situaciones extrañas que le revelarán la verdad detrás de su saga favorita.

Para poder abordar mejor el filme, dividiremos el análisis en dos secciones: la crítica hacia Hollywood y la narrativa de la película a través del contexto trans.

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El filme es una experiencia única del Cine Queer, con una interesante perspectiva sobre la transexualidad y el cine contemporáneo | Foto: Mubi
El filme es una experiencia única del Cine Queer, con una interesante perspectiva sobre la transexualidad y el cine contemporáneo | Foto: Mubi

La crítica hacia Hollywood se puede abordar como la parte más obvia del filme, en especial si se ve sin ningún tipo de contexto respecto al Cine Queer. Desde la primera secuencia, la película es completamente honesta en este aspecto, creando su propia mitología alrededor de la saga ficticia del Campamento Miasma como un paralelo exacto de lo que pasó con tres de las franquicias más famosas del cine slasher estadounidense: Viernes 13, Halloween y Pesadilla en la Calle del Infierno.

Con estos tres títulos en mente tras un montaje de referencias, la película argumenta el estado actual de las producciones hollywoodenses, con estudios ignorantes que no buscan arte ni artistas para sus producciones, sino solo nombres que representen agendas políticas y sociales con tal de mantener a flote un ingreso constante que atraiga a las audiencias con temas simples, como la nostalgia o un falso sentido de identidad.

A partir de aquí, la metanarrativa se vuelve la estructura absoluta de la película, en el mismo sentido en que lo fue para La Nueva Pesadilla (Dir. Wes Craven, 1994) en la saga Freddy Krueger. Los personajes se vuelven absolutamente conscientes de la dinámica hasta cruzar la cuarta pared, reconociendo el filme actual como un proyecto zombi que solo existe para satisfacer egos a pesar de los deseos de la directora. Este camino, divertido en especial si reconoces las referencias, nos lleva hasta un clímax en donde el monstruo es parte de la existencia real y el cine le sirve a él en lugar de ser al revés.

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Hannah Einbinder y Gillian Anderson comparten una dinámica interesante en cada escena, la cual es clave para el misterio del filme | Foto: Mubi
Hannah Einbinder y Gillian Anderson comparten una dinámica interesante en cada escena, la cual es clave para el misterio del filme | Foto: Mubi

La perspectiva trans, por su parte, es mucho más compleja e interesante. Sin abandonar los argumentos sobre el cine contemporáneo y la crítica al trato de Hollywood hacia las franquicias, el filme cuestiona la visión de la transexualidad en el cine comercial estadounidense a través del horror, donde propone que la transexualidad, el hermafroditismo y los elementos Queer – referidos como rasgos más allá de la dinámica gay-lesbiana – fueron mitificados hasta volverse parte de la construcción de un monstruo.

De esta manera, el monstruo de la película, conocido como Little Death, se recontextualiza de múltiples formas a lo largo del filme. Por mencionar algunas, la criatura es la viva imagen del monstruo transexual creado por la narrativa heternormada, cuya existencia y lucha por venganza, aunque esté justificada, victimiza el orden normal que lo condenó en un principio, enjaulando al verdadero ser en un ciclo sin fin adoptado por quien tiene el control; también, a través de una perspectiva de género y con base en teorías antropológicas, el monstruo y su nombre se vuelven una referencia directa al orgasmo, con su presencia tomando un contexto diferente con respecto al despertar sexual adolescente, en especial desde la perspectiva Queer.

Schoenbrun incluso agrega más narrativas alrededor del monstruo que aplican dentro y fuera de lo Queer, como metáforas sobre el control, donde el diseño es una clara referencia a la necesidad del director de un filme de apoderarse del metraje para hacerlo suyo y/o sobre de él como autor; o incluso una forma de escape ante el abuso, donde los personajes se refugian en su perspectiva para desconectarse una experiencia que los aqueja.

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La construcción del "monstruo" es un excelente forma de abordar la historia de la transexualidad en el cine de horror desde los 80's | Foto: Mubi
La construcción del "monstruo" es un excelente forma de abordar la historia de la transexualidad en el cine de horror desde los 80's | Foto: Mubi

Todos estos significados y conversaciones son abordados de una forma muy sutil durante el filme, donde se malgasta ninguna escena en explicaciones aleccionadoras, por lo que se les permite a los personajes, y a la audiencia descubrirlos por sí solos y bajo la perspectiva que prefieran.

El diseño de arte, la iluminación, el maquillaje y el vestuario funcionan en armonía para crear una atmósfera onírica que se construye con las bases del cine slasher hasta evolucionar a su propio esquema de colores, reafirmando la búsqueda de identidad.

Hannah Einbinder y Gillian Anderson son excelentes en sus papeles y logran construir una dinámica interesante que se va desarrollando poco a poco de formas macabras y dulces. Sus personajes personifican cada elemento del filme, en especial llegado el clímax.

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La creatividad de los efectos especiales y como se incorporan al mensaje queer es una de las mejores partes de la película | Foto: Mubi
La creatividad de los efectos especiales y como se incorporan al mensaje queer es una de las mejores partes de la película | Foto: Mubi

Si hablamos de algo negativo, esto serían dos elementos: el humor no es tan bueno, no nace de las circunstancias ni de los personajes, sino de una especie de limbo que intenta ser una referencia incómoda que la mayor parte del tiempo se queda a medias. El otro punto negativo es el ritmo; por más fascinante que sea el trasfondo del filme, la película tropieza muchas veces al momento de construir fluidez para su narrativa, en especial durante los primeros dos actos, los cuales parece agujereados y sin dirección hasta que entra la tercera parte para conectar todo, lo cual, desgraciadamente, puede provocar aburrimiento.

Al final, Adolescencia, Sexo y Muerte en el Campamento Miasma es una experiencia fascinante. Se trata de una propuesta de Cine Queer que aborda muchos temas para criticar y satirizar, desde el estado actual de Hollywood hasta la complejidad del sexo en la transición, todo a través del cine slasher como excusa para analizar temas que han estado en el ojo público desde hace años. Con actuaciones interesantes, secuencias diferentes y una larga serie de temas para debatir, este es un filme que vale la pena ver al menos una vez en la vida.

9/10

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