Juraría que nunca se ha escrito tanto sobre futbol como ahora. Qué maravilla es ver correr tinta y caracteres como corre el balón. En una época en la que todo el mundo está obligado a opinar sobre todo, al menos comenzamos a buscar las palabras precisas que reflejen nuestros sentires. Y no es para menos: el Mundial de 2026 nos elevó a una dimensión en la que el ethos mexicano nos animó a volver a creer.

El camino hacia la justa deportiva que paraliza al planeta no fue terso, como no ha sido para casi ningún país anfitrión. La polarización del país se agudizó en medio de la ansiedad por recibir un evento que haría que todo el mundo volteara a vernos. ¿Qué imagen debíamos ofrecer?, ¿qué esperaba el ojo internacional de nosotros?

La clase política hizo lo habitual: camuflar la realidad, esconder los hilos sueltos del tejido social y pintarlo todo con ajolotes y cempasúchil precoz. En respuesta, los movimientos sociales en perpetua resistencia tomaron impulso para soltar un nuevo rugido contra la indolencia. “El futbol vuelve a casa. Los desaparecidos, ¿cuándo?” era una de las consignas epítome. Esa tensión persistió hasta el instante del silbatazo inicial.

Muchos seguimos descifrando cómo hacer para que la celebración no empañe la indignación. Algo nos han enseñado los feminismos al respecto con sus marchas multitudinarias llenas de mensajes confrontativos y actos de iconoclasia, pero siempre con el corazón y el apapacho por delante.

De ahí la importancia de diversificar los lenguajes de la protesta: retas en la vía pública, el “álbum Panini de los desaparecidos” y la antimascota buscadora son ejemplos contundentes de la agencia política presente en cada rincón. Por eso, la postura de las mayorías críticas es simple: futbol, sí; FIFA, no.

Y luego está la odisea para conseguir boletos. Me resulta imposible creer que en 1986 cualquier persona podía tener acceso a un partido de Copa del Mundo. Hoy es necesario hipotecar la casa, el auto y hasta a la abuela para aspirar a una butaca más cerca del cielo que del césped. Y, aun así, con estadios colmados de celebridades, élites y personas ordinarias con deudas impagables, el verdadero Mundial se está viviendo en la calle.

El que se suponía que sería el Mundial del despojo ha sido reconquistado por las masas en un sinfín de coreografías para la posteridad: carreras de botargas, jarabe tapatío sobre charcos, barras de animación con perritos chihuahuas y cientos de turistas, reporteros y compas al vuelo. No hay poder capitalista que pueda contra el invencible desmadre mexicano.

La selección nacional se despide de la Copa del Mundo, pero deja tras de sí un ejercicio de reafirmación de la mexicanidad. La convicción con la que las multitudes se vistieron de verde en estas últimas semanas es fascinante. Quizás porque pocas veces se había visto una desproporción tan acentuada entre las nulas expectativas en el equipo nacional y los resultados que ya son históricos. Se ha repetido hasta el hastío, pero es una realidad: a México le urgía una alegría. Y tenía que ser así: espontánea, comunitaria, fraterna, absurda e icónica.

Como país que se explica desde sus símbolos, elegimos a Juan Gabriel como embajador cultural de todos los Méxicos posibles y el “¿Y si sí?” como mantra. El “Sí se puede” quedó desgastado, fuera de moda y vacío de significado; es el leimotiv de los perdedores del pasado. Por eso, muy al estilo del pesimismo juvenil del presente, ya no afirmamos: nos abandonamos a la posibilidad. Nos protegemos frente a la desilusión, pero nunca dejamos de creer.

El Mundial terminará y México seguirá siendo México: un país complejo, desgarrado, parido en el conflicto y alimentado por la fe ciega en lo inalcanzable. Aquí no reflexionamos y rara vez aprendemos; estamos muy ocupados viviendo, con más valentía que estrategia y resolviendo sobre la marcha, a la espera del siguiente llamado al desenfreno colectivo. Hasta que la pelotita vuelva a rodar y los mexicanos volvamos a volar.

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