En medio de la fiebre por el Mundial de futbol, donde abundan análisis sobre estrategias, fortalezas y posibilidades de cada selección, vale la pena trasladar por un momento esa mirada hacia otro terreno menos visible, pero mucho más determinante para el futuro de un país: la educación. En un hipotético Mundial de los sistemas educativos contaría con países que llevan décadas perfeccionando su propuesta y que, por ello, suelen convertirse en referentes para otros. Mencionaré algunos.

Singapur, país que sobresale en todas las pruebas estandarizadas, entre ellas PISA (Programme for International Student Assessment), TIMSS (Trends in International Mathematics and Science Study) y PIRLS (Progress in International Reading Literacy Study), ha logrado durante años una estrecha alineación entre políticas educativas, formación docente y práctica escolar. Su Framework for 21st Century Competencies (Marco de Competencias para el Siglo XXI) orienta currículos concretos, metodologías activas y sistemas de evaluación integrales de forma amplia y profunda. Se organiza en cuatro niveles. En la base se encuentran los valores fundamentales (respeto, responsabilidad, integridad, cuidado, resiliencia y armonía), sobre los que se desarrollan las competencias socioemocionales. Estas sustentan las competencias del siglo XXI, que incluyen ciudadanía, conciencia global e intercultural, pensamiento crítico e inventivo, y habilidades de comunicación, colaboración e información. Todo el marco converge en la formación de un estudiante seguro de sí mismo, autodirigido, contribuyente activo y ciudadano comprometido.

Japón, por otro lado, ofrece una enseñanza distinta. Su metodología Jugyō Kenkyū o lesson study, o estudio de lecciones, convierte la práctica docente en un ejercicio permanente de mejora colectiva. Los maestros planean, observan y perfeccionan sus clases en colaboración con otros docentes. La innovación educativa, en este caso, no depende únicamente de grandes reformas nacionales; también surge desde las escuelas y las comunidades profesionales de aprendizaje.

Finlandia, uno de los países figuraría entre los favoritos de este mundial educativo, representa otro modelo ampliamente reconocido. Su sistema prioriza el bienestar, la autonomía docente y la equidad. Más que perseguir posiciones en rankings internacionales, busca que todos los estudiantes tengan oportunidades semejantes para desarrollar sus capacidades. Su experiencia demuestra que excelencia y equidad no necesariamente son objetivos opuestos.

Otros casos muestran que las reformas educativas también enfrentan límites importantes. China continúa intentando transitar de modelos centrados en la memorización y la presión académica hacia enfoques que promuevan la creatividad y el pensamiento crítico. Chile incorporó competencias del siglo XXI mediante reformas ambiciosas, pero encontró dificultades para alinear la formación docente con los cambios curriculares. India, pese a propuestas innovadoras, continúa enfrentando retos derivados de su diversidad y desigualdad social.

Por su parte, México, con la Nueva Escuela Mexicana (NEM), representa una de las transformaciones educativas más importantes de las últimas décadas. Su propuesta cuestiona una visión mercantilista de la educación, reivindica al docente como agente transformador y organiza el currículo alrededor de la comunidad, la interculturalidad, la justicia social y el pensamiento crítico. La propuesta contiene elementos valiosos, pero enfrenta desafíos importantes.

En formación docente, la apuesta por los colectivos escolares y los consejos técnicos abre espacios de trabajo colaborativo, aunque aún resulta insuficiente para resolver necesidades estructurales de preparación pedagógica. En diseño curricular, los proyectos comunitarios y los ejes articuladores buscan acercar los aprendizajes a la realidad cotidiana. Sin embargo, la implementación acelerada y las dificultades para comprender los nuevos materiales han generado incertidumbre entre docentes y familias. La evaluación constituye uno de sus principales desafíos. Los sistemas educativos más sólidos evalúan sin reducir la educación a exámenes estandarizados, pero tampoco renuncian a medir lo que ocurre en las aulas. Generar evidencia no significa controlar; significa conocer si las estrategias están funcionando.

La pregunta de fondo no es si la Nueva Escuela Mexicana tiene buenas intenciones; las tiene. La cuestión es si cuenta con la coherencia institucional, la preparación docente y los mecanismos necesarios para su evaluación continua y para convertir esas aspiraciones en resultados reales.

El Mundial de futbol terminará en unas semanas y el campeón levantará una copa que quedará para la historia. La educación, en cambio, juega un torneo que nunca concluye. No se gana en noventa minutos ni en un periodo de gobierno, sino a través de decisiones consistentes, políticas sostenidas y una mejora permanente basada en la evidencia. Los países que hoy admiramos por sus resultados educativos no llegaron ahí por una reforma aislada, sino por la capacidad de mantener una visión de largo plazo, aprender de sus propios errores y ajustar continuamente el rumbo. México no necesita copiar modelos extranjeros, pero sí aprender de ellos: fortalecer la formación docente, evaluar con inteligencia, generar consensos y construir una política educativa que trascienda administraciones. Al final, el verdadero campeonato no se disputa en una cancha, sino en las aulas, donde cada generación define el futuro económico, científico, democrático y social del país.

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