Vaya. Que sí. Que puede sonar exagerado. Que no es para tanto. Pero lo cierto es que 90 años después de que los alemanes – a través de las urnas, no lo olvidemos- le dieron su confianza a un cabo austriaco, sin más oficio ni beneficio que una enorme capacidad para hablar con solvencia en público -se llamaba Adolf Hitler-, han vuelto a decir que sí al extremismo de ultraderecha en el centro del país teutón.

Por increíble que parezca, el partido de ultraderecha, AfD (Alternativa para Alemania) cosechó, el pasado fin de semana, un 44% de los votos y 39 diputados, a solo 3 de la mayoría absoluta, en el estado de Sajonia-Anhalt. Se trata de un estado de poco más de 2 millones de habitantes, situado en el centro-norte del país, cuya capital, Magdeburgo, no está excesivamente lejos de Berlín.

Y, con este hecho, Alemania rompió el tabú de alzar a un gobierno regional -de los 16 que vertebran al país germano- a un partido político que, no solo no reniega de los 12 años del Tercer Reich de Hitler, sino que, bien al contrario, ensalza muchas de sus acciones de gobierno.

Pronto el primer ministro de Alemania, el democratacristiano Friedrich Merz, acusó a la AfD y al candidato ganador en estos comicios, el radical Ulrich Siegmund, de promover una campaña xenófoba con su política de remigración. Afirmó que estos postulados del partido de extrema derecha son una auténtica limpieza étnica y, de producirse tal expulsión de emigrantes, este hecho acabaría por perjudicar sobremanera a las finanzas y a la economía del país.

Pero tal vez, y viendo los resultados del pasado fin de semana, habría que preguntarse dónde se perdieron los partidos históricos de Alemania – la socialdemocracia de Gerhard Schröder y de Olaf Scholz, y la democracia cristiana de Angela Merkel y de Friedrich Merz- que han desconectado, tan obscenamente, de los intereses de las/os ciudadanas/os alemanes.

AfD podría liderar el gobierno en Sajonia-Anhalt sí y solo sí cuenta con los votos del partido de izquierda nacionalista, BSW. El único que se ha desmarcado del unánime cordón sanitario que, hasta ahora, ha dejado a los ultras de extrema derecha fuera de las instituciones.

La AfD, no hay que olvidarlo, fue el partido más votado en las elecciones federales de 2025. Tiene fuerza pues. Y, si bien, en sus primeros años -el partido se fundó en 2013- cosechó el histórico descontento de los alemanes de la RDA -República Democrática Alemana- quienes vivieron bajo la incómoda y austera bota stalinista en tiempos de la Guerra Fría, en los últimos años, la aceptación de la AfD ha crecido hacia el oeste del país.

Y la pregunta es ¿Por qué? ¿Por qué un partido tan decididamente radical y de inspiración totalitarista puede concitar el interés de millones de alemanes que buscan un futuro mejor?

No hay una sola respuesta pero, sin duda, uno de los motivos, es que la AfD pone en el centro del interés de su agenda política a los alemanes. Sus problemas y sus reivindicaciones por vivir en un país más libre, más justo, con menos impuestos y con un acceso eficaz a una educación, salud, infraestructuras y empleo de calidad. Vaya, cuestiones de sentido común que, de alguna manera, han quedado, desde los tiempos de Merkel, fuera del radar de los partidos políticos tradicionales.

No es el volk -pueblo-, Reich-imperio- y führer -líder- del Tercer Reich de Hitler, pero tampoco se queda demasiado lejos. Con elecciones federales, en 2027, en Francia, España, Italia, Grecia y Polonia, Europa mira con preocupación el triunfo del AfD en Alemania.

Veremos.

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